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56 años después, Teen Years After reedita «Cricklewood Green»

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Cuando comprar un disco era un acontecimiento

Era 1970 y yo tenía 16 años. En aquella época descubrir un disco nuevo podía convertirse en toda una aventura, especialmente si vivías en España. Cricklewood Green llegó a mis manos después de un viaje a Andorra La Vella y de una visita a Transbord, una tienda de discos que ya forma parte de la memoria de quienes entonces buscábamos vinilos difíciles de encontrar al otro lado de la frontera.

Mi padre solía esconder en el coche los discos que comprábamos para evitar problemas aduaneros al regresar a España. Yo llevaba mi lista preparada y él asumía la parte menos divertida de la operación. Éramos dos aficionados a la música haciendo algo que hoy puede parecer exagerado, pero que entonces tenía sentido. Conseguir determinados discos requería paciencia, contactos, dinero y, en ocasiones, un pequeño ejercicio de imaginación.

Tenía 16 años, pero aquellas compras tenían para mí una importancia enorme. Ten Years After formaban parte de ese descubrimiento de un mundo musical que parecía estar ocurriendo muy lejos de nuestra realidad cotidiana. Cricklewood Green (1970) no era solamente otro vinilo para colocar en la estantería. Era una puerta abierta hacia el blues-rock británico, hacia Alvin Lee y hacia una generación que estaba cambiando la manera de entender la música.

Cincuenta y seis años después, el 28 de agosto de 2026, Chrysalis Records ha vuelto a poner aquel álbum en circulación con una edición deluxe que recupera el disco original remasterizado, material adicional y un histórico directo registrado en el Fillmore East of New York el 27 de febrero de 1970. Y esta vez, al volver a escucharlo, la música llega acompañada de todos aquellos recuerdos que empezaron cuando tenía 16 años y cruzaba una frontera con un vinilo escondido en el coche de mi padre.

«Los tiempos han cambiado y todos los momentos que hemos vivido son ya un recuerdo» -Alvin Lee

El viejo vinilo vuelve a girar en 2026

Publicado originalmente en los 70, este álbum ocupa un lugar especialmente significativo dentro de la trayectoria de la legendaria formación. La nueva edición recupera aquel emblemático álbum con una nueva masterización realizada en AIR Mastering, además de ampliar considerablemente su contenido.

El primer CD mantiene el álbum original remasterizado y añade material procedente de ediciones anteriores, como Warm Sun y To No One. La verdadera pieza de archivo aparece con Cricklewood Jam (Demo), una maqueta inédita que permite asomarse a las sesiones desde un lugar diferente al de las grabaciones definitivas.

Pero esta reedición no se queda solo en el estudio. El segundo CD rescata íntegramente el segundo set que Ten Years After ofreció en el Fillmore East neyorquino. Charlie Russell se ha encargado de la nueva mezcla de estas grabaciones, donde aparece también una extensa versión de I’m Going Home.

El paquete físico incorpora además notas de Nigel Williamson, fotografías nunca antes publicadas y entrevistas con miembros supervivientes de la banda. Todo ello convierte esta recuperación en algo más que una simple actualización sonora. El álbum vuelve acompañado por documentos que ayudan a reconstruir el momento en que fue creado. Y eso importa. Porque Cricklewood Green nació cuando Ten Years After todavía estaba escribiendo su propia historia a toda velocidad.

La formación que convirtió el «blues» en otra cosa

La formación de Ten Years After en Cricklewood Green era la misma que había construido buena parte de la identidad del grupo: Alvin Lee a la guitarra y voz, Leo Lyons al bajo, Ric Lee a la batería y Chick Churchill frente a los teclados. Los cuatro habían conseguido algo que no siempre resulta sencillo: tocar con una enorme libertad sin perder nunca la sensación de estar avanzando en la misma dirección.

Alvin Lee concentraba buena parte de los focos. Era guitarrista, cantante, compositor principal y también productor del grupo. Después de Woodstock, además, se había convertido en el rostro inevitable de Ten Years After. Su velocidad tocando la guitarra había pasado de ser una característica personal a convertirse casi en una etiqueta que amenazaba con definir toda su carrera.

Alvin Lee, el guitarrista que quiso escapar de su propia leyenda

Hay una paradoja interesante alrededor de Alvin Lee. Precisamente cuando el mundo empezaba a identificarlo como uno de los guitarristas más rápidos del rock, él comenzó a buscar otros caminos. En una entrevista posterior recordó que en Cricklewood Green estaba reaccionando contra las críticas que reducían su manera de tocar a la velocidad. Reconoció que había bastante música más tranquila en aquellos discos y admitió que, en aquel momento, estaba intentando demostrar que podía hacer algo diferente. La ironía es que el público seguía esperando al hombre de Woodstock.

La actuación de Ten Years After en el festival, especialmente la versión de I’m Going Home, había creado una imagen difícil de sacudir. Cuando la película de Woodstock llegó a los cines en 1970, Lee recordaría que comenzaron a aparecer adolescentes mucho más jóvenes entre el público. Aquella fama masiva no era exactamente lo que él había imaginado.

Cricklewood Green puede escucharse, por tanto, como una pequeña rebelión dentro de la propia banda. No rompe con el pasado, pero sí intenta demostrar que debajo de aquel guitarrista supersónico había un músico interesado en otras velocidades. Y esa tensión está presente prácticamente desde el primer surco. Alvin Lee falleció el 6 de marzo de 2013 en la ciudad de Estepona, España, a los 68 años de edad, tras complicaciones en una intervención quirúrgica aparentemente sencilla. Lee residía allí desde hacía varios años.

Una portada con muchos simbolismos

El peculiar bodegón de recortes y antigüedades de la portada encapsula a la perfección el espíritu de la época y el sonido de transición del grupo. Lejos de la típica fotografía de formación o el psicodelismo estridente, el diseño opta por un collage de objetos dispares cargados de simbolismo urbano y atemporal.

Por un lado, la imponente estatuas de bronce que representa a un guerrero o caballero con armadura evoca la historia, el peso de la tradición y una cierta rigidez heroica o pasada de moda. Frente a ella, elementos como el pájaro disecado dentro de su urna de cristal y las fotografías superpuestas —incluyendo la imagen de un gato y recortes de botellas quemadas o paisajes industriales— introducen una atmósfera de taxidermia, fragmentación y decadencia urbana.

Este contraste entre la estatua guerrera y los restos cotidianos refleja el choque cultural de finales de los sesenta y principios de los setenta: el fin de los grandes mitos heroicos y el anclaje en una realidad más áspera, cotidiana y terrenal, muy en consonancia con el título del disco y las raíces obreras o suburbanas de Londres. Es una reflexión visual sobre el paso del tiempo, la memoria y la forma en que los vestigios del pasado conviven con la inmediatez de lo efímero. La tonalidad envejecida de la fotografía hace que todo parezca pertenecer a un recuerdo que alguien ha conservado durante demasiado tiempo.

El elemento de contraste

Dentro del conjunto hay un elemento que destaca por su diferencia y provocación: la botella dorada de Coca-Cola con senos prominentes. Ese elemento es uno de los detalles más intrigantes del collage y rompe por completo con la seriedad de la estatuaria clásica. Al presentar una botella de refresco —un icono absoluto del consumismo masivo, la cultura pop y la modernidad estadounidense— moldeada con senos exagerados y prominentes, se introduce una fuerte dosis de ironía y sátira sobre la mercantilización del cuerpo y la cultura de masas.

Además, el hecho de que aparezca parcialmente quemada o recortada refuerza esa sensación de artificio destruido o subvertido. Funciona como un puente entre la alta cultura o la historia que representa el caballero de bronce y la banalidad comercial del mundo moderno, sugiriendo una crítica mordaz a cómo el deseo, el sexo y el consumo industrial se habían convertido en los nuevos tótems de la sociedad contemporánea de 1970.

El dorado funciona aquí como un símbolo de falso petróleo, riqueza barata o valor superficial. Al bañar en oro (o pintar con un tono dorado) un objeto tan mundano, industrial y de consumo masivo como una botella de refresco, se eleva la banalidad a la categoría de ídolo o reliquia, mofándose de los tesoros tradicionales que representa el caballero de bronce de al lado.

Ese brillo dorado busca ironizar sobre el «falso oro» del capitalismo y la cultura del escaparate: lo que brilla y se nos vende como algo precioso o deseable no es más que plástico y envases vacíos convertidos en objeto de culto fetichista. Es una manera gráfica de decir que, en la sociedad moderna, la verdadera reliquia moderna es la chatarra comercial hipersexualizada y mercantilizada.

1970, el giro de una generación

Cricklewood Green apareció en abril de 1970, después de la actuación de Ten Years After en Woodstock y en pleno crecimiento internacional de la banda. El álbum llegó hasta el número 4 de las listas británicas, una posición que demuestra hasta qué punto aquel grupo había dejado de ser una formación de culto para convertirse en una realidad importante del rock. Pero el contexto juvenil de aquellos años resulta igual de importante.

La música había dejado de ocupar únicamente el espacio del entretenimiento. Para una generación entera era ropa, actitud, amistad, sexualidad, libertad y una forma de imaginar que la vida podía organizarse de otra manera. Yo tenía 16 años y vivía aquella música desde una perspectiva mucho más pequeña. No estaba en Woodstock. No estaba en Londres, aún. No estaba en el Fillmore East, lamentablemente. Estaba en España, buscando discos que muchas veces resultaban difíciles de conseguir. Pero precisamente por eso aquella música parecía todavía más lejana y fascinante. El vinilo permitía atravesar esa distancia.

Cuatro pistas para perderse en la «Route 66»

La playlist original arranca con Sugar The Road, una entrada contundente que coloca inmediatamente la guitarra y la sección rítmica en el centro. No existe una introducción ceremoniosa. La banda entra y empieza a caminar. Después aparece Working On The Road, quizá una de las piezas que mejor resume la personalidad del álbum. Su ritmo transmite movimiento y carretera, pero la producción introduce efectos que alteran ligeramente la percepción. La canción avanza como si el suelo se moviese bajo los pies.

Con 50,000 Miles Beneath My Brain llega el primer gran viaje. La canción se extiende durante más de siete minutos y permite que Ten Years After abandone la estructura más inmediata para construir tensión progresivamente. La guitarra se convierte aquí en protagonista absoluta, pero la batería y el bajo son quienes mantienen unido el viaje.  Entonces aparece Year 3,000 Blues, una pieza más corta y juguetona que introduce un imaginario futurista sin abandonar las raíces blueseras. Es casi una bocanada de aire después de la densidad de la canción anterior.

El primer disco, es el corazón del álbum

Me And My Baby devuelve a la banda a un territorio más cercano al jazz-blues. El piano de Chick Churchill adquiere protagonismo y demuestra que el teclista estaba lejos de ser un simple acompañante. Aquí el cuarteto funciona como una unidad mucho más flexible. Y de repente irrumpe Love Like A Man, la canción que se convirtió en el único gran éxito de Ten Years After en las listas británicas, alcanzando el número 10. Curiosamente, Alvin Lee no parecía especialmente interesado en convertirla en un vehículo de éxito y llegó a negarse a interpretarla en Top Of The Pops.

Circles cambia completamente el ambiente. La guitarra acústica y el tono más íntimo dejan entrar una sensibilidad diferente. Es una de esas canciones que ayudan a comprender por qué Lee insistía en que Ten Years After no era únicamente velocidad. El cierre llega con As The Sun Still Burns Away, que recupera la electricidad y los teclados para construir una despedida progresiva. No termina con un portazo. Se va apagando después de haber recorrido casi cuarenta minutos de música. Y quizá ese sea uno de los secretos del álbum: cuando termina, apetece volver al principio.

El segundo disco, cambia la perspectiva

La gran aportación de esta edición de 2026 aparece en el segundo CD. El concierto del Fillmore East registrado el 27 de febrero de 1970 permite escuchar a Ten Years After en un contexto completamente diferente. Aquí desaparece parte del control del estudio. La banda entra en territorio de directo y las canciones empiezan a crecer. El segundo set incluye Love Like A Man, Good Morning Little Schoolgirl, Working On The Road, 50,000 Miles Beneath My Brain, I’m Going Home y Sweet Little Sixteen, entre otros momentos del repertorio.

Especialmente interesante resulta I’m Going Home, que supera los once minutos. Es la pieza que inevitablemente conecta con Woodstock y con la imagen de Alvin Lee que el público internacional había construido alrededor de aquella actuación. Pero escuchada ahora, dentro de una edición centrada en Cricklewood Green, adquiere otro significado. Ya no es solamente el guitarrista que corre más rápido que nadie. Es el líder de una banda capaz de sostener una improvisación larga sin perder el pulso.

Un álbum en medio de una tormenta

El concepto de Cricklewood Green no está encerrado en una historia única. Su verdadero hilo conductor es la sensación de movimiento. Ten Years After acababa de vivir una transformación brutal. Woodstock había multiplicado su exposición. Alvin Lee se había convertido en una figura reconocible internacionalmente. Los escenarios crecían y el público también. Y, en medio de todo eso, la banda entró en el estudio.

El resultado fue un álbum que no intenta reproducir exactamente el impacto de Woodstock. Hay canciones largas, otras directas, piezas acústicas, efectos de estudio y momentos de blues tradicional. Todo parece formar parte de una misma búsqueda. Quizá por eso la propia valoración posterior de Lee resulta tan interesante. Años después describió el periodo de Cricklewood Green como una etapa algo confusa y llegó a definir el álbum como una especie de mezcla de canciones diferentes.  Paradójicamente, esa falta de uniformidad puede ser una de sus mayores virtudes.

Volver a poner el disco en el giradiscos

Para concluir podemos decir que hay algo profundamente físico en recuperar un álbum así en 2026. No solo porque el sonido pueda beneficiarse de una nueva masterización. Tampoco porque las fotografías inéditas o las notas de Nigel Williamson aporten valor documental. Lo importante es que esta edición permite escuchar Cricklewood Green desde dos perspectivas: la obra de estudio y la banda enfrentándose al público. La primera muestra el control. La segunda, el riesgo. Y entre ambas aparece la verdadera personalidad de Ten Years After.

Para quien descubra ahora el álbum, será una pieza de arqueología del rock británico. Para quienes lo escuchamos cuando todavía éramos adolescentes, puede funcionar de otra manera. Yo vuelvo a aquel viaje a Andorra. Vuelvo a Transbord. Vuelvo al coche de mi padre y a aquellos vinilos escondidos. Pero ahora escucho también todo lo que entonces no podía escuchar: la producción, los arreglos, la búsqueda de Alvin Lee, la importancia de Leo Lyons y Ric Lee, el papel de Chick Churchill y esa tensión permanente entre el blues que los había formado y el rock que los estaba convirtiendo en estrellas.

Escucha aquí «Cricklewood» Green de Teen Years Afrer

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.