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Antonio Hernando – La Liturgia Eléctrica / Canción a Canción

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Desde sus inicios, Antonio Hernando siempre ha bebido de los clásicos del rock, de esas referencia por todos conocidas y tantas veces reivindicadas. Pero no ha sido hasta ahora, con La Liturgia Eléctrica, que el artista jinnense ha publicado un álbum donde reflejar de una manera directa toda esa música que siempre ha convivido con él.

Haciendo honor a su título, el quinto larga duración de Antonio Hernando es toda una liturgia con la que rendir tributo a esos artistas y bandas que han salvado tantas vidas, pero también con la que plasmar tantos sentimientos humanos y universales que se canalizan a diario a través de la música y el arte. La Liturgia Eléctrica rezuma rock por los cuatro costados, con aroma clásico, atemporal y maravillosamente analógico. Su manera de concebir y entender la música es la que muchos hemos mamado desde hace décadas, por eso este disco es tan rompedor y, a la vez, nos suena tan familiar. Queríamos que Antonio pasara por esta sección para que nos hablara de todo esto y su respuesta ha sido de lo más interesante y didáctica.

Bienvenido a CrazyMinds. Lo primero, preséntate y preséntanos tu nuevo disco.

De alguna manera, La Liturgia Eléctrica es la culminación de tantos años en carretera, escuchando y aprendiendo al frente de diferentes formaciones. Es sin duda el disco que mejor me refleja, y que mejor refleja lo que escucho en casa habitualmente, ese sonido de rock clásico en vinilos de los años sesenta y setenta.

Supone un acercamiento a mis ídolos de siempre, desde Dylan a Neil Young, de Tom Waits a Black Crowes, de Dr. John a los Rolling Stones. Mis particulares «santos sagrados». Era el momento y la ocasión de electrificarme y de darles homenaje, por haberme cambiado la vida tantas veces.

¿Cuándo y cómo podremos escucharlo?

El disco salió el pasado 15 de septiembre en vinilo y CD, aunque por supuesto está en todas las plataformas digitales (Spotify, YouTube, Bandcamp, Deezer, etc). Aunque por supuesto recomiendo escuchar el álbum a 33 revoluciones y a todo volumen.

¿Dónde y con quién lo has grabado?

La Liturgia Eléctrica fue grabada durante ocho inolvidables días en el idílico entorno de Miranda (Asturias), en los Estudios ACME de Miguel Herrero. Fue él el responsable de baterías, bajos, pianos, trompetas y un sinfín más de instrumentos, a los que un servidor contribuyó con guitarras, voces y armónicas. Todo en un ambiente relajado, con el perro en la alfombra y el sol entrando por la ventana.

El material usado, además, fue totalmente analógico, con micrófonos, amplificadores e instrumentos de nuestros añorados años sesenta y setenta, siempre vigilados por nuestro técnico Pedro Álvarez. Posteriormente Dani Herrero sopló unos saxos al más puro estilo Bobby Keys, y los coros de las «Tipitinas» (Aurora García, Meri Moon y Laura Chicón) pusieron el toque góspel y soul con sus tres voces, en los estudios Hare Hop! de Daniel Hare, en Madrid.

Si tuvieras que definir el LP, su significado, su sonido, sus influencias… ¿Cómo lo harías?

Es rock and roll, sin más paliativos. El que entendemos, el que nos gusta, el de siempre. El de rascar pierna y menear cabeza. El que nos hizo coger en su momento una guitarra y colgárnosla al cuello. Y lo hemos mezclado con una buena dosis de góspel, soul, folk, americana y dixie de Nueva Orleans, siempre con el ojo en el retrovisor musical de los grandes gigantes que cambiaron la historia del rock.

Venga, comparte con nosotros alguna gran anécdota graciosa, surrealista o incluso perdida del periodo de grabación

La verdad es que fue una grabación muy tranquila, muy fluida y muy fácil para ser un disco, ya que el estudio a veces provoca también momentos de crisis, tensión o bloqueo. Pero los arreglos salieron solos, todo se grabó a la primera o segunda toma, y esa frescura e inmediatez se siente en la fuerza de muchas canciones.

A mí personalmente me impactó el talento sobrehumano del productor, Miguel Herrero, cuando entraba y salía de la pecera grabando diferentes instrumentos, a cada cual mejor: primero batería, luego bajo, luego órgano hammond, luego eléctrica, luego bombardino… mi pregunta en una de esas veces fue un «¿pero tú qué instrumento no dominas?», a lo que respondió un «yo no domino ninguno, yo soy trompetista». Escuchad el disco y decidme si no es gracioso o surrealista…

¿Qué planes tienes para presentarlo en directo? ¿Fechas y/o festivales que ya tengas confirmados?

Ahora mismo nos pillas con la ilusión absoluta de presentarlo por todo lo alto en el Café Berlín de Madrid, en una formación de lujo con 11 músicos, incluyendo teclas, trío de vientos y las tres coristas («Las Tipitinas»). Será un espectáculo único para la puesta de largo de estas 11 canciones, que sonarán junto a algunas canciones mías anteriores y alguna que otra sorpresa más en forma de versión, como Peter Green o Jimi Hendrix. [Las entradas para ese concierto aún se pueden adquirir aquí]

A principios del año de que viene (si todo va bien), nos dejaremos caer (en un formato algo más reducido pero con toda la banda) en ciudades como Sevilla, Oviedo o Badajoz, y muchas más que aún no podemos desvelar, a lo largo y ancho de toda nuestra geografía. Mi intención es visitar todos y cada uno de los escenarios que existan. Hay muchas ganas acumuladas, y más con este repertorio.

Nos gustaría que nos contases todo sobre cada una de las canciones del disco: el significado, la inspiración, si hay alguna historia detrás, lo que sientes al tocarla en directo.

1. La noche oscura

Es el primer corte del disco, estratégicamente situada para ubicar al oyente. Arranca con una batería «jungle», con toques de swing y música de las películas de terror antiguas, para empastar con unos versos que critican la anestesia de la sociedad, siempre enchufada a las pantallas de sus móviles, mientras afuera el mundo real lucha por sobrevivir. De ahí ese juego de «muertos vivientes» en el estribillo, contra esos «zombis» en los que nos estamos convirtiendo. Una distopía que ya anticipó Saramago, Orwell o Philip K.Dick, pero que ha terminado fagocitándonos. Guitarras fronterizas, ritmo afrobeat, y mucha adrenalina.

2. Perdido

El segundo corte, fue el primer tema que escribí de La Liturgia Eléctrica. Habla de la vulnerabilidad, del sentimiento de vértigo ante una nueva situación inesperada. Da igual todas las veces que te hayas caído, todas las zancadillas que te haya puesto la vida, todos los vaivenes y rachas de viento: siempre aparecerá una nueva situación que te coloque en el punto de partida, y tocará volver a levantarse. En eso consiste todo.

Musicalmente es muy Dylan, muy folk, muy medio tiempo americano. Hay ecos de The Band y Alabama Shakes, entre otros. Vuelvo a desempolvar, por primera vez en muchos años, mi querida armónica, el primer instrumento que tuve de niño. También hay guiños a Fernando Pessoa y su Libro del Desasosiego.

3. El aguacero

El tercer corte, es el más roquero del disco, también por la ironía de su letra. Viene a ser una recopilación de neologismos más que implantados en nuestras nuevas conversaciones y situaciones diarias, y que en muchos casos, han aparecido más por esnobismo y pomposidad que por auténtica necesidad en el lenguaje cotidiano.

El estribillo habla de un «aguacero» que está por llegar, como ya haría Dylan en A Hard Rain’s A-Gonna Fall en 1963 o Pablo Guerrero en A cántaros en 1972. Luego vino la pandemia, y nos empapó de lo lindo a todos. Musicalmente, en mi cabeza sonaba el Neil Young más macarra con su Old Black a lomos de los Crazy Horse, con toques punk de Dead Boys o los Who.

4. Santos y sicarios

El cuarto tema, es un swing a lo Tom Waits, a la forma en que tan magistralmente lo hacían mis adorados Le Punk. Trompetas con sordina, guitarras secas y cortantes, y la aparición por primera vez de las voces femeninas, en este caso de Meri Moon. La letra es una bronca resuelta, es apostar por el amor y no perderse en las palabras. Ser consciente de que, cuando lo has encontrado de verdad, no deberías dejarlo escapar por nada del mundo.

5. Como los demás

La quinta canción, fue la última que escribí, apenas un mes antes de entrar a grabar. Era tan nueva que incluso pensé en hacerla en acústico, a modo de bonus track. Miguel me aconsejó llevarlo al soul más puro, el del sello Stax, el típico 6/8 de Joe Cocker u Otis Redding, y aún le estoy dando las gracias. El solo de metales (trompeta, fliscorno y bombardino) es uno de mis momentos favoritos del disco.

La letra es un canto dulce a la derrota, al camino «por la zanja», en palabras de Neil Young. A la lucha constante, como el espíritu colchonero. «Los mayores perdedores del mundo nunca nos damos por vencidos». Hay versos que aún me sacan la lágrima, pues también es una despedida a los hijos nonatos.

6. Meri Moon

La sexta canción, cerraría la cara A del vinilo, al ritmo del rock and roll más stoniano de los Burning, con toques «glam» de Lou Reed y T-Rex. Es un canto de amor a Meri Moon, mi musa perfecta (actual mujer), corista y diseñadora del disco, y todas las cosas que no se cuentan.

El estribillo a lo pregunta-respuesta es una fórmula muy góspel que encajaba como un guante en el tema, cuya chispa se encendió realmente por un tema de los Kinks. El saxofón de Dani Herrero, nuestro Clarence Clemmons particular, satura como el de Bobby Keys en Brown Sugar. En el final hay un guiño a los Beatles, con aquel berrido de Ringo en Helter Skelter («I’ve got blisters on my fingers», «tengo ampollas en los dedos»), después de tantas tomas, y tan explosivas. ¡Es sólo rocanrol, pero nos gusta!

7. A la manera de Arturo Bandini

Es la séptima canción del álbum, o primera de la cara B, si se escucha a través del vinilo. Arturo Bandini es el álter ego de John Fante, uno de mis escritores favoritos, que murió casi sin reconocimiento hasta que el mismísimo Bukowski alabó su obra y escribió un prologo para uno de sus libros, Pregúntale al polvo. El personaje de Bandini es el típico antihéroe, un escritor maldito que intenta sin éxito vender guiones de cine en el sórdido barrio de Bunker Hill, en Los Ángeles.

Su espíritu incansable me pareció una buena analogía con la del músico medio, que nos tiramos a la carretera sin saber resultados, con más corazón que cabeza, con más oficio que artificio, por ese momento de gloria entre los cincuenta de sombra. Muchos compañeros, lamentablemente, se han quedado en el camino, pero por desilusión, tirando la toalla con sus sueños pegados a ella. Este es un homenaje también a ellos. Porque las canciones serán las que prevalezcan, no nosotros. Musicalmente hay mucho de Dylan (armónica incluida), y aunque no lo parezca, de Bruce Springsteen y su E Street Band.

8. Elvis ha abandonado el edificio

Octavo turno para Elvis ha abandonado el edificio, el bolero mediterráneo y oscuro del disco, un chachachá fronterizo con guitarras pantanosas a lo Marc Ribot y Link Wray, con el espíritu del Tom Waits de Rain Dogs.

Elvis ha abandonado el edificio («Elvis has left the building») es un término anglosajón que ha pasado a la cultura popular cuando todo está perdido, cuando no hay nada que hacer, cuando «todo el pescado está vendido». En los míticos conciertos del rey del rock, cuando miles de fans esperaban horas después de que Elvis hubiera terminado su show, en busca de un autógrafo, un abrazo o mechón de pelo, por megafonía llegaba a sonar el temido «Elvis has left the building» («Elvis ha abandonado el edificio») para que el personal se marchara por fin a casa, derrotados y cabizbajos.

Leí la frase en el prólogo de Tramps, la novela de Elliott Murphy, y ahí mismo supe que había una canción. No es de extrañar que sabiendo el significado de la frase, la letra sea quizás la más pesimista del álbum.

9. Entre el polvo y mi ataúd

Se convierte en el noveno corte del álbum, con un marcado toque psicodélico, tanto en letra como en música. Es la más larga del álbum, y la que tiene el final instrumental más largo del disco. No sé ni cómo salió, pero en mi cabeza aparecía la escena del entierro de la niña en I’m not there, la película de Todd Haynes sobre momentos en la carrera de Bob Dylan. Me imaginaba un suicidio en un pueblo perdido de Estados Unidos en el siglo XIX, de ahí las imágenes de la letra. El polvo, los árboles, el ataúd, el tambor. La melodía tiene un toque a lo Wilco, aunque luego deriva a un cóctel lisérgico con ADN de los Doors o los Grateful Dead, pasando por Pink Floyd, por nombrar algunos.

10. Bye, Doctor

Se convierte por méritos propios en el décimo corte del álbum. Es un homenaje total y absoluto al Dr. John, mi venerado artista de Nueva Orleans, cuya canción escribí a las dos semanas de su fallecimiento. Dr. John siempre fue uno de mis artistas favoritos, y por alguna extraña razón, nunca fue tan reivindicado, aunque sí respetado por los grandes mitómanos.

En 1968 apareció como un chamán cajún de largas plumas, con la brujería y el ocultismo impregnando sus actuaciones y su música, hasta dar paso paulatinamente al pianista de boogie con el que se haría mundialmente famoso, tocando al lado de los Stones, Eric Clapton, Van Morrison o The Band, con quienes servidor lo descubriría por primera vez con aquel Such a Night en el último vals filmado por Scorsese.

El Doctor me hizo adorar Nueva Orleans y su música, así como su cultura y su legado. Treme, Louis Armstrong, Allen Toussaint, el Mardi Gras. Dr. John era parte esencial de mi vida y estaba claro que tenía que agradecérselo. La canción, de hecho, acaba con un pequeño «second line», un funeral festivo a lo Nueva Orleans, con guiños al Iko Iko, que él mismo grabó en 1972.

11. El triunfo del predicador

Es la última canción del disco, y este dato lo sabía hasta cuando la estaba componiendo. Quería que fuera una despedida, un balance, una explosión de góspel a lo Harlem. Es donde más brillan las Tipitinas (junto con Bye, Doctor y Meri Moon), con un «despierta» mántrico que intenta apartar ciertas telarañas de nuestra vista. La parte góspel termina derivando en un rock acelerado con una sugerente guitarra de Miguel Herrero, que va subiendo de energía hasta el golpe final, el último acorde, que acaba como siempre: con una guitarra desnuda y la armónica como fiel escudera. La soledad del cantautor entre tanta gente e instrumentos.

Finalmente, un deseo. ¿Qué esperas conseguir o que te traiga este nuevo EP? ¡Mucha suerte!

Desde que ha salido, este disco nos ha traído las mayores alegrías hasta el momento, apareciendo por primera vez en medios musicales y escenarios que no nos esperábamos, y con palabras afectuosas de grandes compañeros y artistas a los que admiramos mucho. También nos ha puesto en el camino a Maite Moreno, y a mí, como Antonio Hernando, me está dando la oportunidad de girar con banda, algo que llevo añorando desde que empecé a escribir canciones. Así que por pedir, pediremos que este momento se alargue mucho más y sobre todo, nos lleve a todas las salas y festivales del mundo. ¡Sí, de todo el globo terráqueo!

Escucha «La Liturgia Eléctrica» de Antonio Hernando a continuación:

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Javier Decimavilla
La música nos puede salvar la vida o al menos mejorarla. Bob Dylan, Neil Young, David Bowie, The Beatles o The Rolling Stones, entre otros, nos llevan enseñando el camino a la felicidad desde hace décadas.
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