La «crema underground»
Hay discos que simplemente pasan por nuestra vida y terminan formando parte de ella. Cream es parte de esa categoría de bandas que, junto a Jimi Hendrix, Pink Floyd, The Doors, Frank Zappa o Led Zeppelin, acompañaron mi adolescencia y me ayudaron a construir mi personal manera de entender el rock. Hoy en día volver a escuchar aquellos discos no supone regresar únicamente a una época concreta y llorar las nostalgias; también significa reencontrarse con una música que todavía conserva una capacidad extraordinaria para sacudir, incomodar y sorprender. Fue lo que nos hizo amar la música para el resto de nuestras vidas. Este sentimiento solo se alcanza a medida que vas avanzando en el tiempo y vas dejando atrás los cimientos que ayudaron a construir tu edificio existencial. Cada generación tiene o tendrá sus bagajes.
Los años sesenta abrazaron mi adolescencia como también perteneció a otros tantos coetáneos de aquellos tiempos. Fueron años donde se abrieron todas las puertas que se encontraban al paso. Los setenta entraron por ellas como un vendaval. Fueron años de experimentación, excesos, rupturas, mucha libertad y una búsqueda casi desesperada de nuevos territorios sonoros y existenciales. El rock dejó de conformarse con ser una canción de tres minutos o de ser tan solo sonido. Quiso ser también volumen, viaje, improvisación, riesgo y espectáculo y sobre… todo revolución.
Cream desafió la lógica comercial de la época. En los 60, las bandas solían tener cuatro o cinco miembros para llenar el sonido y garantizar ventas. Cream demostró que tres virtuosos podían generar más impacto que una orquesta completa, rompiendo con la idea de que más es mejor
Los tres músicos que decidieron dejar de acompañar
A mediados de los sesenta, Londres era un hervidero. El blues estadounidense había encontrado una segunda vida en manos de músicos británicos. Los clubes estaban llenos de guitarras eléctricas, amplificadores a punto de reventar y los nuevos artistas querían llevar aquella tradición hacia lugares desconocidos. En ese caldo de cultivo nació Cream: una alineación concebida no como un grupo de acompañamiento, sino como tres solistas tocando simultáneamente, cada uno compitiendo por el liderazgo sonoro. El nombre, sugerido por Eric Clapton, hacía referencia a que los tres eran ya considerados «la crema» (the cream of the crop) de la escena blues y jazz británica. La formación reunió a Eric Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker, tres músicos que ya habían construido una considerable reputación en la escena británica.
Clapton llegaba después de The Yardbirds y John Mayall’s Bluesbreakers. Bruce había pasado por Graham Bond Organisation y Manfred Mann. Baker también procedía de Graham Bond Organisation y había desarrollado una forma de tocar la batería marcada por el jazz, la potencia y una personalidad casi volcánica.
La idea de reunirse partió de Baker, que buscó a Clapton después de verlo actuar con John Mayall. Clapton aceptó, pero puso una condición: quería a Jack Bruce como bajista. Los tres tenían personalidades fuertes y una relación complicada, pero musicalmente la combinación era demasiado poderosa para ignorarla.
El nombre tampoco era casual. Cream aludía a la idea de reunir a la crema de la escena musical británica. El proyecto pretendía hacer algo distinto. En palabras de Clapton, querían hacer «cualquier cosa que la gente no hubiera hecho antes». La declaración resume perfectamente el espíritu de aquella aventura.
Cream transformó el escenario en un espacio donde el riesgo, la incertidumbre y la espontaneidad eran valores supremos. Cada concierto era único, irrepetible, y eso reflejaba el espíritu de una generación que rechazaba la repetición mecánica y buscaba la autenticidad en tiempo real
Tres titanes y ningún asiento trasero
La gran revolución de Cream no consistió simplemente en reducir una banda a tres integrantes. Lo verdaderamente importante fue lo que hicieron con ese espacio. Clapton no necesitaba una segunda guitarra que reforzara sus solos. Bruce tampoco quería limitarse a marcar las raíces de los acordes. Baker convirtió la batería en un instrumento protagonista. Cada uno podía ocupar el centro durante unos minutos y después desaparecer para dejar espacio a los otros dos. Aquello cambió la relación entre bajo, guitarra y batería.
Bruce tocaba el bajo como si estuviera escribiendo melodías paralelas. Baker trataba la batería como una extensión de su personalidad. Clapton utilizaba la guitarra para estirar el blues hasta zonas cada vez más psicodélicas. Los tres podían competir, dialogar o simplemente incendiarse mutuamente. Por eso Cream se convirtió en uno de los grandes modelos del power trio. No fueron los inventores absolutos del formato, pero sí una de las formaciones que lo transformaron en una fuerza creativa capaz de competir con grupos mucho más numerosos. El propio Rock & Roll Hall of Fame resume su impacto de una manera demoledora: Cream consiguió en apenas dos años más de lo que muchas bandas logran en toda una carrera y terminó vendiendo alrededor de 15 millones de discos.
Del blues eléctrico al incendio psicodélico
La evolución de Cream fue rapidísima. Su primer álbum todavía tenía los pies profundamente hundidos en el blues, pero aquellos pies ya estaban conectados a una corriente eléctrica. Fresh Cream (1966) fue el primer aviso. El disco combinaba composiciones propias con versiones de figuras fundamentales del blues como Robert Johnson, Willie Dixon o Skip James. Allí estaban ya la guitarra de Clapton, el bajo de Bruce ocupando espacios inesperados y la batería de Baker convirtiendo cada estructura en algo más grande. Robert Stigwood participó en la producción y John Timperley figura como ingeniero de las sesiones.
Un año después llegó Disraeli Gears (1967), y el paisaje cambió por completo. Grabado en buena parte en Nueva York, con Felix Pappalardi como productor y Tom Dowd entre los responsables técnicos de las sesiones, el álbum convirtió el blues eléctrico en una criatura psicodélica, colorista y mucho más pesada. Aquí aparece Sunshine of Your Love, una de esas canciones cuyo riff parece haber estado esperando toda la vida para ser descubierto. El narrador espera con ansias reunirse con su amante al amanecer, y ese momento se convierte en una metáfora de plenitud emocional. También aparecen Strange Brew, Tales of Brave Ulysses, Swlabr o We’re Going Wrong. El grupo ya no estaba simplemente tocando blues. Estaba desmontándolo para volver a ensamblarlo con piezas nuevas.
Después llegaría Wheels of Fire (1968), probablemente la expresión más completa de aquella transformación. El álbum doble mezclaba un primer disco de estudio con otro grabado en directo. Felix Pappalardi volvió a ejercer como productor, mientras Tom Dowd participó como ingeniero. Y ahí estaba White Room, con su atmósfera casi cinematográfica. La habitación blanca era un apartamento real en Londres donde Brown vivió mientras se desintoxicaba de drogas y alcohol en 1967. Las cortinas negras, los techos negros por el hollín de los trenes de vapor, las «estrellas cansadas» (starlings) son referencias literales al entorno contaminado de Londres, pero también funcionan como metáforas de los demonios internos y la lucha personal. También está la versión en directo de Crossroads, donde Clapton, Bruce y Baker demostraban hasta dónde podía llegar una canción de blues cuando la estructura dejaba de ser una jaula.
Cuando tocar una canción significaba perderse dentro de ella
La verdadera dimensión de Cream aparecía sobre el escenario. Sus conciertos podían convertir canciones relativamente breves en largas improvisaciones. Spoonful, N.S.U., Sweet Wine o I’m So Glad podían transformarse en auténticas expediciones instrumentales. En Live Cream, publicado en 1970, Sweet Wine supera los quince minutos y N.S.U. pasa de los diez. Aquello no era simplemente tocar más fuerte. Era otra concepción del directo. Baker podía lanzarse a una conversación feroz con Bruce mientras Clapton buscaba una salida entre ambos. El bajo dejaba de ser invisible. La batería dejaba de ser acompañamiento. La guitarra dejaba de limitarse a introducir un solo. Tres músicos ocupaban todo el espacio. Ese planteamiento sería fundamental para buena parte del rock de los setenta. La canción podía ser el punto de partida, no necesariamente el destino.
Cuatro discos y una despedida demasiado rápida
La discografía esencial de Cream cabe en muy pocos años, pero resulta difícil encontrar en tan poco tiempo una transformación semejante. Fresh Cream (1966) representa el nacimiento: blues, rhythm and blues, electricidad y una formación que todavía estaba descubriendo sus posibilidades. Disraeli Gears (1967) es la mutación. La psicodelia entra por todas las rendijas y la producción de Pappalardi ayuda a convertir aquella energía en un sonido más definido y expansivo. Wheels of Fire (1968) abre todavía más el campo. Su primer disco explora el estudio y su segundo documento recoge la potencia del directo. Allí conviven White Room, Sitting on Top of the World, Politician y la extraordinaria Crossroads en directo.
Y finalmente aparece Goodbye (1969), publicado cuando Cream ya había terminado. Es un cierre extraño y revelador. Contiene material de estudio y grabaciones en directo, además de Badge, escrita por Clapton y George Harrison. Felix Pappalardi y Robert Stigwood aparecen vinculados a la producción del álbum. Después llegaron las recopilaciones en directo. Live Cream (1970) y Live Cream Volume II (1972) permitieron seguir escuchando a una banda que, oficialmente, ya pertenecía al pasado. Pero el pasado, en este caso, todavía sonaba peligrosamente moderno.


La voz también era parte del conflicto
Hablar de Cream únicamente desde Clapton sería un error. Jack Bruce fue una pieza esencial de su identidad y su voz aportó una personalidad muy distinta a la del guitarrista. Bruce podía sonar áspero, melódico, vulnerable o desafiante. Su manera de cantar tenía una tensión que encajaba perfectamente con unas canciones que no siempre buscaban la comodidad. Clapton aportaba otro registro. Su voz era más contenida y menos teatral, pero funcionaba especialmente bien cuando el espacio instrumental crecía alrededor. El contraste entre ambos ayudaba a evitar una identidad vocal uniforme. Incluso Baker participaba ocasionalmente en las voces. La banda no tenía un único centro vocal porque tampoco tenía un único centro musical. Ese era el secreto y, al mismo tiempo, el problema.
El precio de tres personalidades enormes
Cream duró poco. Demasiado poco. Las tensiones entre Bruce y Baker eran conocidas y la convivencia entre tres personalidades tan fuertes no resultaba sencilla. A eso se añadieron las exigencias de las giras, especialmente en Estados Unidos, y la sensación de que aquella maquinaria podía terminar consumiendo a sus propios protagonistas. En 1968 la banda anunció su separación. Los conciertos de despedida del Royal Albert Hall de Londres, en noviembre de aquel año, pusieron punto final a una trayectoria extraordinariamente breve. El último concierto de Cream no significó, sin embargo, el final de su influencia. Probablemente fue todo lo contrario.
Cream estuvo activo apenas dos años y medio (1966–1968), pero su impacto fue tan profundo que definió el sonido de toda una década posterior. Esta paradoja —brevedad temporal versus longevidad del legado— es una lección poderosa para creadores contemporáneos: no se trata de cuánto tiempo estés, sino de la intensidad y la autenticidad de lo que dejas
La onda expansiva y su final
La importancia de Cream no termina con su disolución. Quizá ahí empieza realmente su historia. El hard rock de los setenta heredó parte de aquella obsesión por el volumen, los riffs pesados y el virtuosismo. El desarrollo de las jam sessions también encontró en Cream un precedente fundamental. El formato de tres músicos adquiriría después nuevas formas en grupos como Rush.
Incluso existe una conexión especialmente interesante con Mountain. Felix Pappalardi, productor fundamental en la evolución sonora de Cream, acabaría formando Mountain junto a Leslie West. AllMusic señala que West había quedado profundamente impresionado por la guitarra de Clapton en Cream.
La onda expansiva fue mucho más grande que la vida de la propia banda. Cream había demostrado que el rock podía ser pesado sin perder la improvisación. Podía ser virtuoso sin convertirse necesariamente en música académica. Podía partir del blues y terminar en un territorio completamente distinto. Y esa fórmula sería fundamental para entender los años setenta.


