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Tetouze, el mago del ritmo ancestral

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En busca de la esencia perdida

En el mundo hay mucha gente que practica turismo plano. Consume viajes sin entrar en la esencia de los lugares que pisa. Luego están los viajeros que se rasgan las raíces en busca de nuevas tierras y experiencias, gente comprometida con los orígenes y destino. Cuando uno deja su geografía natal, aparca sus costumbres occidentales, y decide perderse por otras culturas divergentes, descubre que más allá de lo propio y cotidiano, existe algo parecido a un segundo cuerpo: otra manera de medir el tiempo, de escuchar el silencio, de entender qué significa estar vivo. A fuerza de contrastes, la vida deja de ser rutina y se convierte en un estado alterado, una especie de giro existencial inverso donde ya no vuelves «renovado» sino incapaz de vivir como antes.

En ese punto, cuando lo normal se te queda pequeño, necesitas un puente nuevo entre todo lo que fuiste y todo lo que has descubierto. Viajar ya no es ina pausa ni un escape. Es una grieta que se queda abierta y por la que se cuela otra forma de estar y entender el mundo. Es ahí, en este punto medio, donde aparecen figuras como Tetouze.

Estar entre dos mundos

Imaginemos por un momento un sitar rasgando el aire de Goa, mientras los beats electrónicos laten como un corazón tribal. Es así como irrumpe el mundo de Tetouze, un nómada sonoro que fusiona Oriente y Occidente en un ritual underground que no se consume pero se atraviesa. Este gurú del sonido no se reencarna como un DJ más, sino como alguien que creció entre vinilos de techno europeo y acabó pasando media vida aprendiendo música india y otras tradiciones, hasta convertir ese choque de influencias en su zona natural.

En su caso, esos dos mundos no son una metáfora cualquiera. De un lado están las raves de club, los sintes y la cultura del subgrave. Por otro, laten los raga al amanecer, el sitar, la tabla y los instrumentos que cargan siglos de historia. Tetouze se coloca justo en medio de esa grieta, funcionando como un médium y un cuerpo que deja pasar a la vez, la pulsión repetitiva del techno y el aliento largo de la música clásica india, hasta que ambas dejan de parecer opuestas y empiezan a sonar como partes de un mismo idioma.

De las «raves» de vinilo al «trance» del sitar en Goa

Detrás de la mente de Tetouze está Thierry Armengaud, nacido en Francia en 1981, un tipo que empezó a pinchar con tan solo 11 años, componía electrónica a losbaba 14 y graba su primer álbum techno a los 18. Creciendo rodeado de vinilos y sintes, se curtió bajo los crews beatboxing, mezclando hip hop y drum & bass. Durante un tiempo su mundo fue ese: clubes, estudio y una Europa que vibraba al ritmo de los 90.

El giro llegó cuando decidió mirar hacia el Este. A partir de 2004 empezó a pasar los inviernos en la India, se instaló en Goa y se sumergió a fondo en la música clásica del país: sitar, tabla, violín, flautas. Lo que en otros era simple decoración exótica, en él se conviertió en un idioma principal. Integró esos instrumentos en una música electro‑acústica y un downtempo que respiraba como un cuerpo vivo más que como un producto de estudio.

Hoy, radicado en Goa, es un maestro del sitar y la tabla, pero también del violín indio, la fujara, el bansuri y todo un arsenal de vientos y cuerdas que despliega en directo. Sus actuaciones se construyen como pequeños rituales: sets electroacústicos donde puede llegar a manejar hasta diez instrumentos sobre el escenario, cruzando beats contemporáneos con timbres ancestrales sin que se note la costura.

El entorno humano

Alrededor de ese centro sónico se han ido sumando cómplices: voces como las de Olga Prudey, Gaiea Sanskrit o Lehna, instrumentistas como Anello Capuano, y proyectos como Minimal Fusion (junto a Jyoti y Prana Akhanda) o Spiral Travel, donde el formato se expande con cuartetos de cuerdas, cantantes y danza. En los discos clave como SamyojanaThe New ShamansInstincts o el directo Live on Stage, se dibuja un catálogo de electrónica orgánica, world music y psicodelia que muchos describen como una magnifica obra de música orgánica y trascendental, más cercana a un viaje de conciencia que a una simple playlist de fondo.

La música de Tetouze sugiere que el futuro de la electrónica no pasa por generar más volumen ni más BPM, sino por ofrecer más profundidad, por bajar a donde late el ritmo ancestral que ya llevábamos dentro antes de poner un pie en la pista

Goa: tierra fértil y mito rave

Goa como superficie, es una postal conocida: playas, palmeras, restos de colonia portuguesa y una escena electrónica que lleva décadas exportando imágenes de lunas llenas y fiestas rave al borde del mar. Pero su nombre arrastra más capas de las que parece. Mucho antes de convertirse en un destino turístico, esta franja de costa aparecía en textos antiguos con nombres como Gomantak, Gomanchala, Govapuri o Govarashtra, todas ellas palabras sánscritas que se traducen como «tierra fértil», «tierra de vacas» o región bendecida por la abundancia.

Décadas después, la contracultura psicodélica occidental la rebautizó a su manera. En los 80 y 90, la costa de Goa se convirtió en santuario para hippies tardíos, viajeros perpetuos y ravers que buscaban algo más que un club con aire acondicionado. Las fiestas empezaron a presentarse como rituales al amanecer, con hogueras, elementos visuales, cuerpos descalzos y sesiones maratonianas de techno ácido y psytrance. Cronistas de la época describían a Goa como el lugar donde las raves se vivían como ritos diseñados para provocar estados alterados de conciencia, un «tantra hedónico» donde moléculas, beats y una espiritualidad New Age se mezclaban sin pedir permiso.

Que Tetouze hubiera decidido anclar su vida allí no es tan solo una anécdota biográfica. Su música bebe precisamente de esas dos capas: de la Goa antigua, concebida como tierra fértil donde algo crece distinto, y de la Goa mito, santuario rave donde la electrónica se usa como llave para abrir puertas internas. Cuando mezcla ambas, con el sitar, la tabla y las flautas con bajos profundos y pulsos hipnóticos, está dialogando con esa historia mesiánica. Es decir, convierte la tierra fértil de Gomantak en un terreno fecundo para sembrar raga y subgrave, transformando el mito rave de Goa en escenario ideal para su electrochamanismo.

Los puentes del conocimiento nirvánico

El concepto general de los discos de Tetouze siempre gira alrededor de un viaje espiritual, enlazados a través de un puente que une la India y Occidente. En su centro, el músico como un chamán electrónico que conduce el trance completo desde un ángulo distinto. Es la evolución de lo fisico hacia el karma absoluto. Con Samyojana (2022) el concepto central se basa en la conexión de aquello que mantiene las cosas unidas.

En Instincts (2020), se trabaja más la idea del impulso y la memoria corporal como elementos capces de lograr la fiusión completa. El mensaje estriba en quitar las capas de ruido mental y volver a una escucha primitiva, donde el oyente se reconoce más por reacción metafísica que por análisis. Llegados a The New Shamans (2020) el concepto trata de dar el poder de la evolución y transformación a los instrumentos y a las voces hacia un viaje electro chamánico.

En cambio, en Planet Goa (2021), el foco es el territorio fisico espiritual, el corazón de la India. Goa no es solo un destino turístico, es un planeta paralelo donde se cruzan culturas, psicodelia y búsquedas personales. La música de Tetouze es la banda sonora de ese mapa alternativo. Ya con Live on Stage (2025) se captura la dimensión ritual del directo.

Sobre el escenario

A diferencia de otros álbumes en vivo que se graban íntegramente en un único concierto o recinto, el concepto de Live on Stage, lanzado digitalmente el 29 de diciembre de 2025 a través del sello Labo Logic, funciona como una recopilación de interpretaciones de las giras mundiales de Tetouze. Las canciones provienen de sets en directo grabados en grandes eventos internacionales de música electrónica y psicodélica, destacando escenarios como el Hadra Trance Festival (Francia, 2022), el Isis Garden Festival (Francia, 2023) y sus reconocidas sesiones al aire libre en Twice in Nature en Arambol, Goa (India).

Se trata pues de nueve cortes que funcionan como capítulos de un mismo ritual donde se condensa en un solo gesto diez instrumentos, baile y electrónica sosteniendo una especie de oleaje constante. Esta experiencia transformadora se construye como un círculo psicodélico donde el mago va añadiendo capas hasta que el público entra en un estado de balanceo colectivo cercano a una ceremonia.

Live on Stage captura precisamente la respiración del directo. Más que un best of, el disco funciona como prueba documental de que la propuesta electrochamánica de Tetouze no es un montaje de estudio, sino algo que existe cuando se sube solo a un escenario y deja que diez instrumentos dialoguen con la misma línea de bajo.

La conexión con los orígenes

Todos esos discos hacen que la música indio oriental sea digerible para un oído occidental acostumbrado a otras frecuencias. Ese puente cultural utiliza la electrónica downtempo y los grooves repetitivos como puerta a estados alterados de conciencia, más cercanos a la meditación en movimiento que al clímax fácil de la electrónica de festival o al decorado exótico. La música de Tetouze apunta más a esa figura del artista que toca instrumentos ancestrales que construyen un espacio ritual laico donde la espiritualidad se vive a través del movimiento y el fluido mental genera un trance profundamente metafísico.

Sus discos no prometen evasión, sino todo lo contrario: te devuelven al cuerpo, al pulso, a la sensación de estar plenamente donde estás mientras la cabeza se va muy lejos

Tetouze and Jyoti Supernature

Se trata de un cruce entre dos chamanes de distinto oficio: uno viene del trance electroacústico; el otro se cristaliza desde la ilusión y el circo místico. Juntos levantan un pequeño ritual techno‑tribal llamado Rift, la grieta. Jyoti Supernaturel es un artista francés, músico e ilusionista, que mezcla malabares, magia, yoga, circo y música en vivo. En sus shows construye capas de sonido con más de veinte instrumentos étnicos (sitar, duduk, didgeridoo, flautas, percusiones…) usando live looping mientras realiza números de equilibrio e ilusión, presentando sus espectáculos como milagros de balance y rituales escénicos que han pasado por festivales de toda Europa y Asia.

En Rift, todo ese universo se condensa en unos minutos. Jyoti aporta el soplo áspero del shehnai y la profundidad del didgeridoo, mientras que Tetouze diseña con el sitar y el bansuri dando como resultado qque esa una grieta en el suelo del techno se cuelen ritmos tribales, psicodelia y un tipo de trance que apela más al cuerpo entero que al simple subidón de pista.

La grieta entre dos cosmos

Dentro de ese particula microuniverso, Tetouze y Jyoti, representan «la grieta» macrocósmica donde el techno deja de ser geometría fría y se contamina de soplos indios, drones de didgeridoo y fraseos de sitar. Son puntos de ruptura y reconexión que resumen todo el credo electrochamánico de ambos artistas, dando lugar a una metacultura de Goa, templos, desierto, y éxtasis psicodélico bajo un trance hipnítoco que de constantes cambios de estados.

En su canal YouTube, ese Rift y Tetouze aparecen con miles de visualizaciones, integradas en un contexto de World Fusion Music que mezcla danza, proyección visual y performance casi teatral. Ahí es donde se ve la sinergia y la geometría sónica. Tetouze como arquitecto del groove y texturas, y Jyoti como invocador de timbres raros y energía escénica.

Universo Tetouze

Las armonías ritmicas de este artista oscilan entre la órbita del chillout psicodélico, lo meditativo, lo etnico, la new‑age y la world music, pero su universo sonoro nunca es plano, es, ante todo, un sistema de capas y coordenadas melodicas que cuadran entre texturas etéreas, bajos hondos y ritmos complejos que funcionan como una arquitectura donde el oyente entra y se mueve hacia un frenesí de dinámicas imprecidibles. Su amplia discografía asi lo testimonia.

El trance chamánico, ayudado por música y plantas sagradas, con visiones de patrones psicodélicos y colores intensos, junto a tambores, sitar, canto de garganta armónicos y bansuri, aparecen como herramienta de viaje interior, pero también como tecnología ancestral puesta al servicio del ser que siente, se mueve y trasciende

Pero Tetouze no es solo música, es un portal interior donde la instrumentación hackea tu alma rave y la deja vibrando más allá de lo previsto. Este chamán demuestra que la fusión underground no es una tendencia pasajera, sino un lenguaje en plena expansión. No te promete una salvación tántrica ni respuestas existenciales, solo un te enmarca un pasaje hacia esa zona en la que el cuerpo recuerda los ritmos y frecuencias que creía olvidados. Cuando el último tema se apaga, ya no hay moraleja. Solo la sensación fluctuante de haber mirado de reojo que otro mundo es posible… El sonido no se detiene. Basta con darle al play y dejarse arrastrar. El resto ya lo descubrirarás por tí mismo…

Escucha aquí a Tetouze

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.