¡NO TE PIERDAS!

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Artistas IA: el desafío de la música sin humanos

«La música siempre ha sido matemáticas. Nosotros solo hemos eliminado al intermediario emocional para llegar a la nota perfecta. The Velvet Sundown es una banda probablemente nacida de la falsa nostalgia, de la programación y del capitalismo tardío.

Creamos pop psicodélico emocionalmente distante con herramientas que no comprendemos del todo. Nuestras influencias incluyen el desamor, el soft rock clásico y una carpeta corrupta etiquetada como «sentimientos» –Desarrolladores tras The Velvet Sundown

The Velvet Sundown

El nacimiento de un espectro

A principios del mes de junio de 2025, un murmullo eléctrico comenzó a recorrer los foros de melómanos y las listas de recomendaciones de streaming. En Spotify apareció una banda de rock psicodélico y estética setentera denominada The Velvet Sundown. Su sonido, una mezcla embriagadora de reverberaciones analógicas y melodías lisérgicas, pronto cautivó a un número importante de oyentes. Sin embargo, nadie sabía de dónde procedían.

Sus discos, Floating On Echoes (2025), Dust And Silence (2025) y Paper Sun Rebellion (2025), estaban disponibles en un perfil verificado que rezumaba profesionalidad. Sus miembros aparecían bajo los nombres de Gabe Farrow, Lennie West, Milo Rains y Orion ‘Rio’ Del Mar. Pero el rastro terminaba ahí. No había rastro de ellos en redes sociales ni rastro de conciertos en garitos de mala muerte. Finalmente, la revista Rolling Stone desveló el misterio: The Velvet Sundown no eran reales. Generaron su música íntegramente con la plataforma de IA Suno.

Algo parecido ocurrió con el supuesto trío Las Nenas, compuesto por Viviana Bucchelli, Claudia Weissman y Naiara Basterrechea. Este trío emergente publicó en noviembre de 2024 su disco debut, pero al poco tiempo se confirmó que se trataba de otro proyecto musical nacido del código. Estamos ante un desafío hábil y peligroso que juega con la ambivalencia sobre lo que es humano y lo que es estrictamente digital. Intentar cartografiar esa «tierra de nadie», fragmentada entre algoritmos y creatividad, es el gran reto de 2026.

El fantasma creciente de la consola IA

Ante los tiempos que corren, cuando nos encontremos ante un artista del que no sabemos nada, convendrá detenerse y preguntarse: ¿Es real? Si podemos escuchar un lamento de blues que eriza la piel o un doble bombo de death metal que acelera las pulsaciones, uno deberá plantearse el origen de ese sonido, si es el resultado de un pulmón de carbono o de un procesador de silicio.

El dilema no es nuevo; ya en 1999, la película Matrix nos advertía que la realidad es una simple interpretación de señales eléctricas en el cerebro. Hoy, en 2026, esa distopía ha llegado a nuestras playlists y nos plantea la disyuntiva de elegir: tomar la pastilla roja o la azul con el fin de descubrir lo que realmente tenemos ante nuestros sentidos.

Recordemos que el apogeo de la Inteligencia Artificial ha dejado de ser una herramienta de asistencia para convertirse en un autor total. Ya no hablamos de productores que usan algoritmos para limpiar una pista de voz. Hablamos de entidades propias, figuras que no existen fuera de un servidor pero que firman contratos y acumulan millones de reproducciones. ¿Es esta la estrategia definitiva del mainstream para maximizar beneficios sin lidiar con egos humanos, o estamos ante una nueva vanguardia artística?

La identidad digital: entre el avatar y el algoritmo

Para entender este fenómeno, debemos aprender a discernir, a separar el artista humano que usa tecnología para afinar sus composiciones de aquellos artistas digitales que nacen directamente del código tecnológico. En este segundo grupo, el proceso es integral: la imagen se genera mediante modelos de difusión, la narrativa se construye con modelos de lenguaje y la música surge de redes neuronales entrenadas en géneros específicos. Es la santísima trinidad del bit: visión, verbo y vibración.

En el primer grupo encontramos a figuras consagradas que operan como «centauros». Son músicos de carne y hueso que integran procesos generativos para romper bloqueos creativos o expandir su paleta sonora. Sin embargo, el verdadero terremoto underground ocurre en el segundo bloque. Aquí, la autoría se diluye. El artista ya no es una persona, sino un «prompt» maestro ejecutado por un colectivo de ingenieros y creativos que actúan como titiriteros en la sombra. Ello genera ya gran preocupación entre los artistas musicales humanos. La misma revista Rolling Stone lo dejó constatado en «Las bandas IA ya están superando en streams a agrupaciones reales». Pero esos artistas virtuales ¿son realmente rentables?

Dinero y derechos: quién cobra y quién demanda

Detrás de toda esta fauna de artistas IA se plantean dos preguntas terrenales: quién cobra y quién puede denunciar. Por un lado, los proyectos IA son el sueño húmedo de la eficiencia: no hay giras, no hay resacas, no hay cambios de formación, y la producción puede ser casi infinita. Sellos, agregadores y start‑ups de IA compiten por colocar canciones generadas en las playlists funcionales, en los catálogos de música corporativa y en los fondos sonoros para redes, de esta manera se abaratan los costes ante los pagos ocasionados de contratar bandas humanas. Muchas bandas IA demuestran que incluso en géneros tan conservadores como el country, un buen tema de IA puede generar descargas suficientes para liderar listas específicas, legitimando así el modelo de negocio.

En el otro frente, la batalla legal está en pañales. La banda IA Ghostwriter977 abrió la caja de Pandora al usar voces que imitaban de forma muy directa a estrellas protegidas por grandes discográficas. Como consecuencia, los conflictos no se limitan solo al copyright de la canción, sino incluso al uso de la voz como rasgo de identidad y al material con el que se entrena el modelo y la posible naturaleza derivada de las obras generadas. Mientras los tribunales debaten, la música IA avanza más rápido que las normas. Muchas de estas canciones habitan un limbo donde la industria las explota comercialmente mientras la ley aún carece de herramientas claras para poner freno.

Contraataque humano: respuestas desde la carne y el hueso

Pero los músicos reales no se han quedado mirando el centelleo de las IA. Algunos sellos y artistas han empezado a presentarse explícitamente bajo la etiqueta «NO IA», prometiendo que sus discos están hechos sin generación automatizada, casi como una etiqueta de kilómetro cero aplicada al sonido. Es la reafirmación de las dinámicas DIY y Lo-Fi. Otros, en cambio, apuestan por integrar la IA de forma transparente; explicitan qué partes generan y reclaman la figura del «director» humano que orquesta los modelos.

También hay artistas que se han lanzado al abrazo del doble juego: ceden sus voces a plataformas, comparten ingresos con proyectos IA que usan su timbre o exploran colaboraciones híbridas donde el algoritmo propone y la banda decide qué se queda y qué se descarta. El choque no es solo estético; es sindical, económico y filosófico.

La estética de la difusión ante el rostro inexistente

Sea como sea, el impacto visual de estos proyectos es la primera línea de choque. Gracias a los modelos de difusión, los artistas virtuales poseen una estética coherente que no requiere de sesiones de fotos ni de maquillajes. Cada imagen es un cálculo de probabilidades que busca el «uncanny valley» perfecto, ese punto donde la perfección digital empieza a resultar inquietantemente humana.

No obstante, esta identidad visual no es estática. A diferencia de las bandas tradicionales que envejecen con su público, el avatar IA es eterno o mutante según las necesidades del mercado. El diseño de portadas, como la de The Orcish Eclipse (2024) de la banda IA Frostbite Orckings, no es solo arte decorativo; es la piel de una entidad que solo existe mientras haya corriente eléctrica. La coherencia visual se mantiene mediante semillas algorítmicas que aseguran que el rostro de la IA sea siempre reconocible, construyendo una marca personal sin necesidad de un cuerpo.

La forja de los ídolos: el software tras el espejismo

Bien sabido es eso de que el artista sin historia es solo un maniquí. De ahí que el uso de modelos de lenguaje (LLM) es vital para dotar a los entes artificiales de un pasado, de una filosofía y de una voz propia en las redes sociales. El Worldbuilding o construcción de mundos, se vuelve esencial. Proyectos como Cain Walker no solo lanzan canciones, sino que proyectan una mitología de forajido digital que reflexiona sobre la soledad en la red.

La narrativa se construye en tiempo real. Los algoritmos analizan las tendencias y el feedback de los fans reajusta la personalidad del artista. Si el público conecta con la melancolía de una IA gótica, el modelo de lenguaje generará manifiestos y letras que profundicen en esa oscuridad. Es un sistema de retroalimentación, donde el artista es lo que su audiencia proyecta en el código.

Para ello la composiciónintegral de plataformas como Suno y Udio son los motores principales. Permiten generar pistas completas (voz e instrumentación) a partir de descripciones de texto. Su capacidad para replicar la micro-gesticulación vocal y los matices de producción es lo que ha permitido a bandas como The Velvet Sundown engañar a los algoritmos de recomendación de Spotify.

Es más, para proyectos que buscan síntesis vocal avanzada y una identidad fija, se utilizan herramientas como RVC (Retrieval-based Voice Conversion) o So-VITS-SVC. Estos programas permiten entrenar un modelo con el timbre de una voz específica, permitiendo que la IA cante cualquier melodía con una personalidad inconfundible. Para el diseño de identidad, el rostro del artista, suele nacer de aplicaciones como Midjourney o Stable Diffusion. Gracias al uso de ControlNet, los creadores aseguran que el personaje virtual mantenga la misma estructura ósea y rasgos en todas las fotos promocionales y portadas de discos, evitando la mutación aleatoria.

«Rock» y «Metal»: la dura distorsión en el código

Para géneros que idolatran la sangre y el sudor, la IA ha entrado con una fuerza técnica que desafía a los más puristas. Es el caso de proyectos como Frostbite Orckings han demostrado que el metal no es inmune a la automatización. Esta banda virtual no es solo un dibujo; su sonido es el resultado de un entrenamiento intensivo en estructuras de folk y death metal, logrando una cohesión que asusta por su perfección técnica. El consumidor final ya no se pregunta quién toca la batería, sino si la emoción que transmite ese sonido es legítima o un simple truco de probabilidad matemática. Creados bajo el concepto de orcos digitales, su música se compone mediante una IA que analiza patrones de riffs y estructuras épicas.

The Velvet Sundown irrumpe entre los proyectos de rock psicodélico virtual más comentados de 2025; evoca los gloriosos setenta, aunque su producción cristalina delata la mano de los algoritmos. A su lado figuran también Bleeding Verse, una entidad de metalcore que ha ganado tracción en redes por sus letras existencialistas generadas por modelos de lenguaje, logrando un impacto emocional inesperado en la escena underground.

«Electrónica» & «Techno» & «Ambient»: la trilogía infernal de los bits

Aquí la IA juega en casa. La ausencia de estructuras vocales tradicionales facilita la inmersión. Podemos hablar de artistas como Endel, una entidad generativa que crea soundscapes adaptativos. El proyecto ha firmado contratos con multinacionales para lanzar discos de ambient funcional que cambian según el biorritmo del oyente.

También hay que tener en cuenta a Dadabots, famosos por sus livestreams infinitos donde una red neuronal genera techno industrial y grindcore las 24 horas del día y sin repeticiones. Su álbum Coditany of Timeness, es un claro ejemplo. También se puede mencionar a Miquela que, aunque nació como influencer, su evolución hacia el electropop y el R&B sintético, la ha consolidado como la diva virtual definitiva, colaborando incluso con productores de carne y hueso.

«Blues» y «Folk» dos almas de leyenda

Pero el mayor desafío para una IA es replicar el profundo sentimiento que genera un blues o expresar la cálida emoción de un folk. En lo primero, Ilaria Argento (Damn Sexy Blues, 2026) refleja esa doble estética de blues woman y dark ambient. Sus cortes y voz sintéticos son capaces de desarrollar un blues tan espectral que arrastra las notas hacia una melancolía que parece extraída de una vieja cinta de casete encontrada en un desván.

En el extremo opuesto al blues IA, encontramos a Cain Walker, Breaking Rust, Aventhis y Outlaw Gospel, nombres reflejan el estilo vaquero de botas y cuero generado por computadora, desde sus rostros hasta sus melodías country y folk. Son artistas que encarnan la imagen del exiliado digital, con una voz de barítono que suena a tabaco y a carretera, aunque solo haya conocido el frío de un centro de datos. Su condición refleja ese brío legendario que tan bien podemos vislumbrar en series la famosas como Yellowstone, 1833 o 1922.

Por ejemplo, al mencionado Cain Walker se le define como el primer gran forajido del country IA. Sus canciones sobre carreteras infinitas y redención digital han llegado a las listas de Billboard, generando un intenso debate sobre si la autenticidad es un sentimiento o una técnica. Por su parte, Breaking Rust, es otro de los artistas country IA que ha alcanzado el número 1 en Billboard de Estados Unidos, llegando incluso a revelar que el 97% de la gente ignoraba si se trataba de la música real o generada por IA.

Tras apenas un mes desde su primera publicación, Breaking Rust llegó a acumular más de 2,4 millones de oyentes mensuales en Spotify. Aventhis y Oultaw Gospel cierran ese life style de cowboys digitales, tipos rudos, taciturnos y directos que, sobre todo, se niegan a disculparse simplemente por existir.

«Pop» e «Indie Alternativo»: melodías infinitas

Anna Indiana (2024) es una cantautora de indie pop creada íntegramente por IA, desde la composición de la letra hasta la interpretación vocal. Sus baladas sobre corazones rotos en la era digital son el ejemplo perfecto de cómo el algoritmo entiende la estructura del hit. También debemos mencionar a Ghostwriter977, la entidad anónima que en 2023 puso en jaque a la industria con voces clonadas y que ahora produce artistas 100% virtuales que habitan los márgenes de la legalidad de los derechos de autor.

En el mercado asiático, el fenómeno ha explotado con Naevis, la primera solista virtual de la gigante SM Entertainment. A diferencia de las idols tradicionales, Naevis utiliza una arquitectura de voz flexible que le permite cantar en múltiples idiomas con una perfección fonética absoluta, eliminando las barreras geográficas del K-pop. Neuro-sama, originalmente una IA de juegos, ha mutado en una idol capaz de interpretar desde covers góticos hasta pop electrónico en tiempo real, interactuando con su audiencia mientras improvisa melodías.

«Experimental» y «Gótico»: oscuridad sintética

Otro ejemplo de ese virtuosismo artificial es el de Echoes of Shamanic Grooves, proyecto que nos sumerge en una atmósfera diferente, la del tribal ambient de percusiones orgánicas mezcladas con cantos chamánicos generados por modelos de voz, todo ello un reflejo virtualmente procesado. Sus temas son portales hacia un pasado que nunca existió, construido a partir de capas de sonido ancestral regenerado. No olvidemos a VOID, un proyecto de darkwave industrial que funde avatar y música en el ruido de una fábrica automatizada. Su mensaje es claro: «El futuro no tiene rostro, solo frecuencia».

La narrativa del silicio

Si escuchamos seguidos los temas de estos artistas, la experiencia fluye pero inquieta. Pasamos de la rabia mecánica a la calma absoluta sin notar la costura de la autoría humana. En el apartado narrativo de sus canciones, las letras suelen recurrir a la traducción literal de sentimientos humanos: «Siento el calor del sol, aunque mis cables estén fríos», una frase recurrente en el último sencillo de Anna Indiana que resume esta era.

Esta no es una lista de curiosidades; es el censo de una nueva población artística. Estos músicos no se cansan, no exigen royalties (más allá de los que sus creadores programen) y pueden lanzar un disco al día si el servidor lo permite. La pregunta que queda en el aire es: ¿estamos preparados para amar a alguien que solo existe como un pulso eléctrico? ¿Estamos ante la muerte del autor físico y el nacimiento de un nuevo arte virtual?

Un eslabón para el futuro

Estamos ante un cambio de paradigma. La IA no solo está creando música; está creando identidades. La diferencia entre lo real y lo virtual se difumina no porque la máquina sea perfecta, sino porque nuestra capacidad de conectar con el sonido trasciende el origen del emisor. Si un algoritmo puede hacernos llorar, ¿quién es el dueño de esa lágrima?

El éxito de estos artistas en plataformas como Spotify indica que el modelo es comercialmente viable. Para el mainstream, es el sueño de la eficiencia; para el underground, es una nueva herramienta para construir mundos que antes eran imposibles de financiar. Al final, como decía Morfeo, la realidad es un campo de energía que nos rodea. Y ese campo, hoy más que nunca, suena a código.

Comparte tus opiniones en CrazyMinds, nuestras redes sociales (InstagramTwitterBluesky o Telegram) o nuestro canal oficial de Whatsapp.

¡ÚNETE A NUESTRO CANAL DE WHATSAPP!

Todas las novedades de CrazyMinds de forma rápida e inmediata en tu móvil: noticias, festivales, discos, entrevistas, playlists... ¡No te lo pierdas!
¡APÚNTATE!
Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Hablar de uno mismo no es tarea fácil, aunque muchas veces las circunstancias pidan hacerlo, como es el caso. Se pueden contar muchas cosas, pero quizás lo más importante es abrazar la vida con positividad. La música permite esto y mucho más. Me gusta escribir sobre bandas y estilos que aportan puntos de vista diferenciales, que exponen alternativas atípicas frente los sistemas convencionales, bien por sonido, concepto o actitud. Por tanto, mi función en Crazyminds es romper las reglas estandarizadas, y poner en primer plano las bandas que suelen permanecer en el universo underground. De ahí que sea, con orgullo, el «bicho raro» del equipo. El rock siempre ha sido símbolo de cultura y libertad. ¿Qué más puedo contaros de mí? Simplemente deciros que soy adicto a la música de múltiples géneros, no importa lo "raros" que sean, pero, sobre todo, amo mi profesión: periodismo y comunicación gráfica, herramientas que me permiten abrir muchas puertas, conocer gente diversa, intercambiar, aprender, transmitir y generar proximidades. Las nuevas tecnologías permiten múltiples puentes e interacciones. Así que nada de excusas y manos a la obra… Sin transgresión, no hay cambios ni progreso.