«La flor del cerezo trajo la alegría de abril», reza un verso de “Camina a través del fuego”. Y abril, como ocurre cada cierto tiempo, nos trajo un nuevo concierto de Rufus T. Firefly en La Riviera, un nuevo viaje, un nuevo encuentro con una banda única. Ocurrió en 2019, cuando cerraron la gira de Magnolia-Loto, volvió a suceder en 2023, despidiendo la etapa de El largo mañana, y de nuevo ha pasado este sábado, dentro de la gira de su maravilloso último álbum Todas las cosas buenas. Un trabajo que, por cierto, ganó por fin el Premio Ruido en su última edición y que está cosechando reconocimientos como quizá nunca antes lo había hecho ningún otro LP suyo.
Abril es el mes en el que por fin la primavera se hace notar con temperaturas más suaves, con el cambio de horario y, sobre todo, por la alegría, las sonrisas, los reencuentros al aire libre y las largas jornadas compartidas. Este fin de semana en Madrid se respiró eso. El clima en la ciudad y el ambiente en la sala situada junto al río Manzanares era el de las grandes ocasiones. Y así se percibió antes del comienzo del show, con un público ilusionado por asistir a algo que ya es más que un concierto —los asiduos lo sabemos—; es una demostración de amor a la música y a una forma muy especial de entender este oficio.
La existencia de Rufus T. Firefly es una de las mejores cosas que le ha pasado a nuestra música en las últimas décadas. No hay exageración en estas palabras, solo admiración y la certeza absoluta de que esta banda hace que nuestra vida sea un poco más luminosa, más bella y esperanzadora.

Sold out incontestable
La noche se presentaba con un sold out incontestable, de los de verdad, de los que ocurren al agotar todas las entradas sin meter un tercio del aforo de invitados. Su oficina ya nos lo avisó hace semanas, se había vendido todo y había poco margen de acreditaciones e invitaciones. Eso les honra también, ya que podían haber añadido alguna fecha más con iguales resultados, pero ellos son diferentes y, si anuncian un único día, no hay marketing que valga. Dijeron también que todo sucedería con puntualidad estricta y así fue cuando The Low Flying Panick Attack se presentaron en el escenario a las 20:00, tal y como estaba previsto. El proyecto formado por Marta Brandariz y Javier Martín Balsa disponía de media hora para mostrar al público todo su potencial.
Lo bueno de que todo estuviera programado con esos tiempos es que, durante su actuación, la sala estaba ya casi llena, pero la parte negativa es la de siempre, la del poco respeto que hay, en general, hacia los teloneros. Así que la actuación se desarrolló bajo un constante murmullo/ruido originado por esa gente que ignora que sobre el escenario hay dos personas haciendo su trabajo e intentando demostrar todas sus cualidades. La propuesta del dúo merecía algo más de silencio, desde luego. Aun así, gracias a que nos situamos en las primeras filas, pudimos disfrutar de la genuina propuesta electrónica de TLFPA.
Fueron 29 minutos sin respiro, en los que los dos músicos ofrecieron un ensoñador show, una sesión perfecta para preparar los oídos a lo que vendría después, con Javier a los mandos y Marta acariciando cada palabra que cantaba, incluso en su sorprendente y bellísima versión del “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana. Para quien no los conozca, recomendamos escuchar sus tres álbumes de estudio y dejarse llevar por ese mundo que han ido creando.

El inicio de una noche mágica
Y así, a las 20:29, Javier y Marta se despidieron del escenario, y en solo 10 minutos se retiraron los neones que les acompañaban y el equipo que traían, para así reubicar el set de Rufus. Con la música de “Reverso” de fondo a modo de intro, se proyectaron en la gran pantalla ubicada al fondo del escenario los nombres de todos los componentes de la banda, del equipo, los colaboradores o los técnicos. Como si de los créditos de una película se tratara, se puso en valor a todos los que hacen posible que noches como la del sábado se hagan realidad. Un video en el que las miradas de cada miembro de la banda se situaban en un primerísimo plano, como queriendo acercarse aún más a los allí presentes y dando muestras de esa honestidad, cercanía y generosidad que les caracteriza desde hace años.
Tras la intro, y después de tomar sus posiciones los seis músicos, arranca “El coro del amanecer”, con ese seductor juego de voces entre Víctor y Julia, para dar la bienvenida a una sala que es ya un fervor, una caldera repleta de brazos abiertos dispuestos a abrazar a Rufus en lo que será una nueva noche para el recuerdo. Tras esto, “Todas las cosas buenas”, “Tsukamori” y “Pompeya” con esa energía tan propia de Rufus y ese «Siente cómo Julia nos lleva hacia delante» tan celebrado siempre. En estos momentos, la sala está completamente rendida a un grupo que hace de su música un tratado de buen gusto y que honra su oficio en cada acorde, en cada palabra, en cada movimiento que hacen dentro de una industria tan hostil.

Un viaje sensorial y emocional
Los conciertos de la banda de Aranjuez son siempre un viaje sensorial, que pasa por una sucesión de emociones y sentimientos, que se traducen en algo casi físico y donde la iluminación también juega un papel importantísimo en noches como esta. Los juegos de contraluz y los destellos de colores acompañan cada canción y son un ingrediente más de esta receta elaborada para el deleite de los que amamos esto. El hecho de que los músicos sean prácticamente sombras durante toda la noche consigue que sus siluetas recortadas sobre el fondo de color ofrezcan imágenes enormemente evocadoras. No es exagerado decir que a muchos de nosotros ninguna banda nos hace sentir en la piel y el alma lo que Rufus consigue con sus conciertos. La atmósfera creada traspasa lo puramente musical y a veces eso es difícilmente explicable sin caer en lugares comunes e hipérboles innecesarias.
Magnolia fue el disco que cambió la vida de Julia y Víctor, y la canción que da título al mismo es una de las grandes joyas de su discografía. Un tema bellísimo y emocionante hasta la lágrima que sirve de antesala para el potente arranque de “Lafayette” con Julia marcando el paso y haciendo que el público entre en una especie de trance. Ese estado emocional al que nos llevan durante toda la noche, que pasa del éxtasis al sobrecogimiento más íntimo cuando Víctor se queda solo en el escenario con su guitarra y acomete la delicada “Lumbre”. Es el momento de poner en valor el camino recorrido y la importancia de los altibajos en dicho trayecto, y también es momento de reivindicar la figura de Manuel Cabezalí, amigo y productor de los discos de Rufus.
Tras esto, llega el turno de Julia ejerciendo de frontwoman en la celebrada “Ceci N’est Pas Une Pipe”, con el micro en la mano y destapándose como una excelente y carismática cantante. «Os quiero muchísimo», eso fue lo único que dijo antes de enfrentarse a la canción, en una nueva demostración de gratitud y cariño a su público.

Una banda sólida y un cantante desatado
Llegados a este punto, conviene destacar una de las cosas que más nos sorprenden a todos de los actuales Rufus T. Firefly y no es otra que presenciar a un Víctor desatado, con alma de rock star y más bailongo que nunca, como demostró en “Trueno Azul”, por poner solo un ejemplo. Esta faceta ha ido desarrollándose de manera natural a lo largo de los años.
Aún recordamos cuando, durante la etapa de El largo mañana, decía entre risas que antes el público de Rufus solo movía la cabeza y que con ese disco empezaba a mover también el cuerpo. Pues ahora sus actuaciones son toda una celebración y él mismo se atreve a deslizarse por el borde del escenario dejándose llevar, como ocurre con “Dron sobrevolando Castilla-La Mancha”, el momento más electrónico de la noche, en el que se acompañaron de Javier Martín Balsa (productor de la canción) y Marta Brandariz para dotar aún de un mayor peso sintético a la pieza. El excelente guitarrista Marc Sastre, con el que contaron en la grabación de algunas canciones de Todas las cosas buenas, también se subió al escenario en algunos momentos del show, como ocurrió en “El principio de todo”.
Julia es la otra cara visible desde los inicios de Rufus y hablar de su maestría y energía con la batería es ya casi algo obvio, pero es que ahora se ha destapado como una cantante verdaderamente solvente y sabe aprovechar su momento de comunión con el público, sintiéndose también más liberada que nunca.
Pero Rufus no serían lo que son hoy en día sin las figuras de Miguel y Carlos en la segunda línea, cuyo bajo y guitarra son sobrios y detallistas, sosteniendo el peso de gran parte de la propuesta. Así como Juan Feo y su percusión, que es una pieza fundamental para llevar el sonido del grupo a un lugar más orgánico. O Manola a los teclados y a su maravillosa voz con esa querencia al soul, que es el contrapunto perfecto a la de Víctor. Manola es elegante, enigmática y una artista de enorme nivel —su primer disco en solitario, El sótano, así lo demuestra—.




Un final sin concesiones
Quedaban aún un buen puñado de canciones para finalizar la noche y este llegaría sin concesiones, con un puñado de temas imbatibles. “Nebulosa Jade” es la canción de amor perfecta; nunca nos cansaremos de decir que es probablemente una de las mejores que se han hecho nunca en este país. Y como tal la recibe el público, que canta cada estrofa como si le fuera la vida en ello. Con “La plaza” vuelve el Víctor más expresivo y con “Canción de paz” ese lado más acústico y terrenal de Rufus T. Firefly, con la sala prácticamente en silencio —ojalá el silencio fuera algo más reivindicado en la música en directo—.
“El principio de todo” es seguramente nuestra canción favorita de Todas las cosas buenas, con ese arranque único que supone el solo de batería de Julia y que en esta ocasión se hace más largo y apasionante aún. Cantamos «Todavía estás a tiempo de olvidar esa rabia que te vuelve de cristal» y nos preparamos para la explosión final. “Sé dónde van los patos cuando se congela el lago” y “Río Wolf” son las encargadas de despedir la noche, pero esta vez es diferente. En esta gira, al terminar la última canción, el concierto no acaba, porque es el momento de jugar, de divertirse y de demostrar una de las esencias del grupo. Llega el momento de improvisar, de dejarse llevar, y así es como lo vienen haciendo durante toda la gira, por eso cada final es diferente.
Esto es Rufus en estado puro, porque ellos no entienden de encorsetamientos, porque la libertad creativa y artística es lo que les mueve a seguir adelante y porque si no fuera así, directamente no existirían. Por eso, como el propio Víctor afirmó, si un día lo dejan, no habrá avisos ni autohomenajes, lo harán de la misma forma en la que un día se juntaron a tocar por primera vez “Toxicosmos” de Los Planetas: con honestidad y dejando que el corazón guíe su camino. Aquel día, contó Víctor que fue el momento en el que se dio cuenta de que eso era lo que quería hacer con su vida. Y por eso hay que disfrutar de cada uno de sus conciertos como si fuera el último porque en estos tiempos, más que nunca, «el momento es ahora».

El privilegio de sentirse cerca de una banda tan especial
Somos afortunados de ser contemporáneos de semejante banda, de sentirlos cerca y de disfrutarlos y conocerlos personalmente desde hace tanto tiempo. Rufus T. Firefly, una vez más, nos reconciliaron con el mundo, al menos durante esas dos horas. Sus conciertos son el hogar musical en el que podríamos pasar el resto de nuestra vida, el remanso de paz en tiempos de guerra, el refugio donde guarecerse de los temporales. Son el abrazo eterno, ese que nunca nos puede faltar. Su música seguramente nos haga mejores personas o al menos nos invite a serlo. Un concierto de Rufus es todo lo que está bien en la vida y ellos honran este oficio y este arte como nadie es capaz de hacerlo. Son ese milagro tan necesario, repleto de verdad, amor y humanidad.
De alguna manera, transmiten un sentimiento de pertenencia que hace que nos sobrecojamos ante un éxito que es pura justicia poética, y un atisbo de esperanza y fe en este mundo cada vez más inhumano. Seguimos confiando en el poder de la música y el arte para dotar de belleza a nuestra vida, y así tener la esperanza de que otro mundo es posible. Por eso Rufus T. Firefly nos hacen sentir tan vivos y tan emocionalmente despiertos. El abrazo entre Víctor y Julia es el de cada uno de nosotros y el resumen perfecto de una noche mágica.
Setlist Rufus T. Firefly:
- El coro del amanecer
- Todas las cosas buenas
- Tsukamori
- Pompeya
- Polvo de diamantes
- El problemático Winston Smith
- Magnolia
- Lafayette
- Lumbre
- Ceci N’est Pas Une Pipe
- Trueno azul
- Dron sobrevolando Castilla-La Mancha
- Nebulosa Jade
- La plaza
- Canción de paz
- El principio de todo
- Sé dónde van los patos cuando se congela el lago
- Río Wolf
Comparte tus opiniones en CrazyMinds, nuestras redes sociales (Instagram, Twitter, Bluesky o Telegram) o nuestro canal oficial de Whatsapp.

