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Eurovisión sin España: 65 años participando en este certamen para descubrir que podemos vivir sin él

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Normalmente a estas horas estaríamos hablando de otra cosa. De un disco nuevo, de una gira que se anuncia, de una banda que se separa o de algún festival que acaba de anunciar su cartel. Pero esta noche se celebra la gran final del Festival de Eurovisión en Viena —la edición número 70, por si alguien lleva la cuenta— y España no está. Por primera vez desde 1961. Eso merece, como mínimo, una mínima mención.

No somos un medio “eurovisionista”, y nunca lo hemos sido. Pero hay algo en esta edición que resulta imposible de ignorar para cualquiera que le importe la música en este país: la cadena pública tomó una decisión histórica, y esa decisión tuvo consecuencias reales para numerosos artistas. Eso sí es territorio nuestro.

Por qué España no está en Eurovisión 2026

RTVE confirmó su retirada del certamen después de que la Unión Europea de Radiodifusión mantuviera la participación de Israel pese al conflicto en Gaza. No fue la única: Países Bajos, Irlanda, Islandia y Eslovenia también dijeron que no. Aun así, el festival siguió adelante. Esta noche actúan 25 países en el Wiener Stadthalle de Viena y España no es uno de ellos.

Podemos debatir eternamente si la decisión fue valiente o fue un gesto vacío. Probablemente fue las dos cosas al mismo tiempo, que es exactamente lo que suelen ser este tipo de decisiones institucionales. Lo que no admite demasiado debate es lo que pasó después: el Benidorm Fest tuvo que mirarse al espejo y preguntarse quién era sin el billete a Europa en el bolsillo.

El año en que el Benidorm Fest se hizo mayor

Aquí está la historia que de verdad nos interesa. El Benidorm Fest nació en 2022 con un objetivo muy claro: elegir al representante español en Eurovisión de una forma más transparente y musical que los procedimientos anteriores. Y cumplió. Chanel en 2022, Blanca Paloma en 2023, Nebulossa en 2024, Melody en 2025. Cuatro ediciones, cuatro historias, resultados variados en el certamen europeo pero una plataforma que fue ganando credibilidad y audiencia con cada entrega.

El problema de construir tu identidad sobre un objetivo externo es que, cuando ese objetivo desaparece, tienes que encontrar uno propio. Eso es exactamente lo que le pasó al Benidorm Fest este año. Y la respuesta fue bastante inteligente.

RTVE decidió no cancelar el festival ni reducirlo a un evento menor. Al contrario: lo amplió. Dieciocho artistas, doce finalistas, casi cuatro millones de euros de presupuesto. Cambió el trofeo —fuera el micrófono de bronce, símbolo de Eurovisión; dentro la Sirenita de Oro, guiño a los orígenes del Festival de la Canción de Benidorm, que existía mucho antes de que llegara Europa al cuento—. Y, sobre todo, rediseñó el premio para que tuviera sentido sin el contexto europeo: 150.000 euros distribuidos entre artistas y compositores, más una beca para grabar en estudios de Miami o en las instalaciones de Spotify en Estocolmo.

El mensaje era claro: el premio ya no es «ir a». El premio es «salir como».

Tony Grox y Lucycalys ganaron la final del 14 de febrero con T’amaré, un dúo gaditano que convenció tanto al jurado profesional como al televoto. Sin billete a Viena, sin presión de representar a un país ante cien millones de espectadores. Solo la música y lo que hagan con ella a partir de ahora. Es un experimento interesante. Todavía no sabemos si funciona a largo plazo —eso lo dirán las carreras de los ganadores de aquí a un año—, pero la pregunta que plantea es legítima: ¿necesitaba el Benidorm Fest a Eurovisión para ser relevante, o Eurovisión era un techo en sí mismo más que una oportunidad?

¿Qué pasará esta noche en Viena?

Si vas a ver la final —o a seguirla de reojo mientras haces otra cosa—, el contexto rápido: Finlandia, Australia y Dinamarca llegan como favoritas según las apuestas. Israel está en la competición pese a las protestas, y la UER ya tuvo que expulsar a cuatro personas durante su actuación en semifinales. La edición está siendo, como era previsible, tensa. Austria defiende el título que le dio JJ el año pasado con Wasted Love.

No vamos a hacer una guía de candidaturas porque para eso hay medios mucho mejores que nosotros. Lo que sí podemos decir es que esta final, políticamente cargada y musicalmente desigual como suelen ser todas, va a generar conversación. Y España va a mirarla desde fuera.

La pregunta que queda

¿Le importa Eurovisión a nuestra escena?

La respuesta honesta es: a ratos. Chanel generó un debate real sobre visibilidad y producción. Blanca Paloma abrió una conversación sobre identidad cultural que trascendió el festival. Nebulossa convirtió un himno de discoteca en algo que la gente escuchó de verdad. Cuando el Benidorm Fest funcionó, fue porque conectó con algo que ya estaba pasando en la música española, no porque Europa fuera a mirar.

Cuando esta noche se conozca el ganador en Viena, habrá quien sienta que España se perdió algo. Y habrá quien piense que el Benidorm Fest, por primera vez en su historia, compitió sin red y no se cayó.

Mañana sabremos quién ganó en Austria. Lo que ya sabemos es que esta edición, con o sin nosotros, no va a dejar indiferente a nadie. Y que el festival que empezó Julio Iglesias en 1968 sigue dando guerra, ahora sin necesitar que Europa le valide nada.

Eso, si nos preguntan, es crecer.


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