En un momento en el que la música parece obsesionada con el estímulo constante, hay discos que funcionan justo al revés: como un refugio a largo plazo. Así se presenta Singing, el nuevo trabajo de Gia Margaret, un álbum que no busca imponerse, sino acompañar. Y en esa elección, profundamente consciente, encuentra toda su fuerza.
La pianista y compositora de Chicago regresa en 2026 con un proyecto que cierra, de algún modo, un ciclo personal y artístico. Tras perder la voz por una lesión, Margaret se vio obligada a reconstruirse desde otros lenguajes musicales. Ese proceso dio lugar a trabajos como Mia Gargaret (2020) y Romantic Piano (2023), donde el protagonismo recaía casi exclusivamente en lo instrumental, en la exploración emocional del sonido puro. Ahora, en Singing, recupera la voz, entendida ya como una herramienta más dentro de un universo sonoro increíblemente amplio y consciente.
Desde su debut con There’s Always Glimmer (2018), Margaret ya apuntaba maneras como una artista capaz de construir atmósferas íntimas. Este nuevo trabajo la sitúa unos cuantos pasos más allá. La de Chicago se muestra más madura, más precisa y más segura de lo que quiere decir y de cómo quiere decirlo.
El disco se articula en torno a una idea clara: la emoción como tejido. Margaret no compone canciones, teje estados de ánimo. Su piano (siempre suave y elegante) funciona como eje central, nunca como límite. A su alrededor aparecen capas sonoras que se suman sin invadirse y que dialogan sin competir. Es un equilibrio delicado, casi invisible, pero esencial.
En “Moon Not Mine” se percibe con claridad esa arquitectura. Los sonidos se superponen en una especie de caos controlado donde cada elemento encuentra su lugar. No hay saturación, tampoco hay ruido gratuito. Todo está donde tiene que estar. Es una forma de composición que exige paciencia, pero también confianza en la mezcla.
Esa misma lógica se extiende a otros momentos del disco. “Good Friend” sorprende por la inclusión a la música de Margaret de elementos tan dispares como el canto gregoriano y los scratches de tocadiscos. Sobre el papel podría parecer un experimento forzado, pero en la práctica funciona como una ampliación natural de su universo. No hay choque, hay integración.
El resultado es un álbum profundamente calmado. No es una calma vacía ni decorativa. Es una calma construida desde la experiencia, desde la pérdida y desde el reencuentro. Singing transmite suavidad y finura en su punto justo, sin caer en lo complaciente. Es música que no busca distraer, sino sostener.
En ese sentido, el disco funciona casi como un espacio emocional. Un lugar al que acudir en momentos de ruido. No hay grandes picos ni giros dramáticos, pero tampoco los necesita. Su valor está precisamente en esa continuidad, en esa capacidad de generar un clima estable donde el oyente puede quedarse.
La grabación en Londres junto a Guy Sigsworth, miembro de Frou Frou, aporta además un acabado limpio y cuidado que refuerza esa sensación de delicadeza. Nada sobra, nada está fuera de lugar. Y así reafirma su papel como una auténtica “tejedora de emociones”: no necesita grandes artificios para conectar, le basta con entender cómo suenan las emociones y cómo se traducen en la música.
Con todo esto, se puede afirmar que Singing se siente como un disco que acompaña más que impresiona. No pretende ser revolucionario, pero sí profundamente honesto. Y en un contexto musical cada vez más saturado, esa honestidad se vuelve casi revolución.

