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Tomora – Come Closer

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Frecuencias desde lo invisible

Tomora no nace como un proyecto paralelo al uso, sino como una señal captada desde una órbita exterior que finalmente aterriza en nuestro espectro audible. Come Closer no surge para ser un simple apéndice en la ya dilatada discografía de AURORA, ni tampoco pretende alargar la sombra titánica de The Chemical Brothers. Este trabajo llega como una transmisión necesaria para compartir un mensaje codificado entre frecuencias electrónicas, pulsos de club noventero y una voz que parece hablarle directamente al cuerpo y a esa parte del cerebro que nunca concilia el sueño. Sin duda, estamos ante uno de los discos del año por su capacidad de hibridar la máquina con el alma.

Hay una frase del propio dúo que resume la génesis de esta colisión: «Come closer, es todo lo que soñábamos. Lo hicimos sin obligaciones ni expectativas, solo por el placer de crear. Es el sonido donde nos encontramos, la zona de aterrizaje de nuestras cápsulas de escape musicales». Esa zona de aterrizaje se percibe desde el primer segundo de escucha. El disco entra de forma suave, casi tímida, pero no tarda en mostrar sus colmillos: beats que se enroscan en la espina dorsal, melodías que brillan desde la penumbra más absoluta y letras que se empeñan en hablar de cercanía, pérdida y huida sin caer en el bostezo del tópico.

Anatomía técnica y engranajes de la maquinaria

Come Closer vio la luz el 17 de abril de 2026 a través de Fontana y Capitol Records, con una distribución que refuerza su condición de supergrupo electrónico y no de simple experimento de laboratorio. El núcleo creativo lo forman Tom Rowlands, la mitad productora de los legendarios pioneros del big beat, y la noruega Aurora Aksnes, conocida mundialmente como AURORA, quien aquí no solo asume la voz principal, sino también la coescritura y una parte fundamental de la producción.

Rowlands se encarga de la arquitectura: producción, mezcla, bajos, guitarras, drum kit y esos sintetizadores que son ya marca de la casa. Por su parte, la artista noruega aporta voces, escritura y una presencia escénica que convierte cada arreglo en un organismo vivo. En la zona técnica, aparecen nombres que apuntalan la solidez de este bloque sónico: Steve Dub se encarga de la mezcla final, aportando ese acabado rugoso pero elegante; Mike Marsh firma la masterización; Magnus Skylstad refina la producción vocal en cortes como Wavelengths y Ash Soan aporta una batería orgánica necesaria en Side by Side.

El álbum incluye también la firma de Amalie Holt Kleive como coautora de In a Minute, un detalle que subraya la apertura del proyecto a nuevas sensibilidades del pop de vanguardia. En el frente visual, el inseparable colaborador de los químicos, Adam Smith, junto al colectivo S T A R T !, conciben y dirigen un universo de vídeos que prolonga la estética del disco en pantalla, apostando por una mezcla de ciencia ficción doméstica y ritual contemporáneo.

«Tomora es música que ninguno de los dos podría haber hecho por separado. Es una colaboración real, donde una idea provoca otra» –Tom Rowlands

La etimología de un mañana compartido

El nombre del proyecto no es fruto del azar. Tomora nace como un cruce directo, un acrónimo que fusiona las identidades de ambos artistas en una sola entidad sonora. Varios medios especializados han subrayado esta simbiosis como el emparejamiento definitivo de la electrónica británica con el misticismo nórdico. Al juntar ambos nombres, aparece una palabra que fonéticamente se acaricia con el término inglés tomorrow, jugando constantemente con esa idea de futuro, de algo que viene hacia ti a gran velocidad. «Si nos mezcláis, obtenéis una palabra que parece un poco mañana. Boom. Nombre instantáneo de la banda», comentaban entre risas en una reciente entrevista.

Esa resonancia encaja a la perfección con el espíritu del proyecto: música que parece venir de un mañana extraño, pero que a la vez resulta profundamente emocional y anclada en el presente. Al margen de este juego lingüístico, el término tiene un significado añadido para ambos músicos. Descubrieron a posteriori que suena parecido a una palabra japonesa que podría traducirse como «compañero amable en la Tierra», algo que les pareció «muy dulce», aunque insisten en que, ante todo, es la fusión de sus ADN creativos. La cantante noruega ha llegado a decir que sentía que la música se estaba convirtiendo en «algo nuevo y antiguo a la vez» y que ese ser necesitaba un nombre propio; «seguimos preguntando y al final sentimos que la propia música nos dijo cómo se llamaba: Tomora».

Glastonbury: El origen de la cápsula magenta

La historia de esta alianza arranca hace una década, concretamente en 2016, durante el festival de Glastonbury. Allí, los caminos de los artistas se cruzaron y nació una complicidad que fue mucho más allá de la típica anécdota de backstage. De ese encuentro fortuito salieron primero colaboraciones puntuales pero poderosas, como Eve of Destruction en el aclamado álbum No Geography (2019) y, más tarde, la participación de Rowlands en la producción del reciente What Happened to the Heart? (2024).

Durante casi diez años, los dos construyeron este búnker creativo en silencio, sin la urgencia de los contratos discográficos, hasta que Come Closer cristalizó esa relación en un larga duración coherente. Para Tom, la experiencia le recordó a sus inicios, cuando hacía música «cuando no había expectativas ni nada que demostrar», un regreso a la intuición más pura como motor de combustión. El proyecto funciona como un punto de fuga: para el productor, una vía de exploración fuera de la maquinaria de su banda principal; para ella, un laboratorio donde su voz puede flotar sobre arquitecturas mucho más industriales sin perder un ápice de su vulnerabilidad característica.

La urgencia del contacto: Un manifiesto conceptual

El título del álbum no se limita a sugerir una falsa intimidad. Actúa como una invitación peligrosa, casi como un conjuro que te obliga a dar un paso al frente. Implica exponerse a una frecuencia que altera los sentidos, a una cercanía que puede desarmar tanto como consolar. El disco entero gira alrededor de esa llamada: acercarse al otro, a uno mismo, al borde del abismo emocional y al núcleo luminoso que late dentro del ruido blanco.

La vocalista reconocía que los temas que más definen su estado actual dentro del proyecto son precisamente el tema homónimo y Ring the Alarm, dos maneras opuestas de pedir atención: una desde la atracción magnética y otra desde la alerta roja. El título del álbum junta esas dos caras de la misma moneda. El acercamiento no siempre nace de un deseo suave; también puede venir del miedo, de la urgencia vital y de la necesidad imperiosa de que alguien, al menos, escuche la sirena antes del impacto.

«Vivimos haciendo y escuchando muchas cosas distintas todo el tiempo. No creo que sólo la música electrónica tenga que cumplir un propósito específico. Es simplemente música. Aunque sí tiene una conexión especial. La música se construye sobre la conexión» –Aurora

Sincronía de «club», «trip hop» y linaje electrónico

El disco se mueve con soltura en un eje que une el techno de Detroit, el trip hop de Bristol y la electronica europea con una sensibilidad pop muy afinada. La base la sostienen beats contundentes y bajos que empujan desde el estómago, junto a sintetizadores que respiran con esa amplitud propia de los grandes clubes. Sin embargo, la estructura de las canciones nunca olvida la melodía, pensando en estrofas y puentes que se instalan en el subconsciente.

Hay una herencia clara del sonido de su productor en la forma de manejar el groove, los loops infinitos y los estallidos de energía controlada. No obstante, el tono emocional se acerca más a los paisajes gélidos de la electronica escandinava y al dramatismo íntimo que la artista despliega en sus trabajos en solitario. El álbum se permite momentos que rozan el dream pop y la banda sonora imaginaria, especialmente en cortes como I Drink the Light, donde la composición abraza la lógica de un viaje psicodélico más que la de un sencillo radiofónico convencional.

Las herramientas de la nave de Tomora

Este universo se construye con una combinación precisa de elementos orgánicos y sintéticos. El esqueleto lo forman cajas de ritmos clásicas, drum machines saturadas, capas de sintetizadores analógicos y digitales, y guitarras procesadas que se diluyen en una masa electrónica densa. Sobre ese tejido, la batería humana de Soan añade un golpe de realidad, casi como una respiración de carne y hueso dentro de un circuito integrado de silicio.

La voz se trata aquí como el instrumento principal, pero también como una textura maleable: se superpone en coros etéreos, se distorsiona en pasajes agresivos y se duplica para crear una sensación de multitud fantasma que rodea al oyente. Los arreglos juegan constantemente con delays, reverbs generosas y filtros que abren y cierran el espectro de frecuencia como si alguien estuviera manipulando una consola de mezclas en riguroso directo. El resultado suena pulido, de una calidad técnica incuestionable, pero mantiene una aspereza necesaria que nos recuerda que esto se gestó en una sala de máquinas llena de cables y sudor.

Ecos, reflejos y entidades sonoras

El disco dialoga con varias genealogías del género. Se percibe la sombra alargada de Massive Attack y de ciertos pasajes del Portishead más tardío en la manera de combinar el ritmo pausado con la confesión emocional. También asoman destellos del europop oscuro de principios de los dosmiles y de la electronica luminosa de artistas como Robyn o Fever Ray en algunos giros melódicos inesperados.

Desde el ángulo de Rowlands, el linaje más obvio pasa por su propia banda, especialmente en cortes como Ring the Alarm, donde el empuje rítmico y el uso de texturas abrasivas recuerdan a esa escuela de rave cerebral que él mismo ayudó a fundar. Por parte de la noruega, el disco conversa con su propio pasado: desde la exploración de sus demonios internos hasta el pulso más expansivo de sus últimos discos. El dúo condensa estas trayectorias y las hace chocar en un territorio virgen, que no es ni una banda sonora, ni club puro, ni pop convencional.

Estética del desenfoque: Análisis de la portada

La portada del álbum se presenta como un cuerpo en constante movimiento envuelto en un magenta saturado, casi fluorescente. La figura se duplica y se desplaza, dejando rastros de sí misma como si alguien hubiera capturado no un fotograma estático, sino varios instantes solapados en el tiempo. No hay rasgos nítidos, solo halos de luz, pliegues cromáticos y sombras esquivas. La identidad, en este contexto, se convierte en una simple estela.

Ese desenfoque visual es una metáfora perfecta del contenido musical. Come Closer no busca un retrato fijo de sus creadores, sino una imagen en tránsito, un sujeto que se mueve entre estados de ánimo y géneros musicales. El rectángulo opaco en uno de los laterales funciona como una interferencia, un bloque de censura que añade una capa de misterio necesaria. La fotografía establece un diálogo directo con la idea de transmisión: algo se desplaza, emite una señal y llega a quien mira, pero nunca se entrega de forma completa ni evidente.

La voz como frecuencia: Entre lo humano y lo etéreo

La interpretación vocal se convierte en el centro de gravedad absoluto de la obra. Se mantiene ese timbre limpio y cristalino que la caracteriza, casi infantil en algunos agudos imposibles, pero aquí se ensucia deliberadamente con susurros, respiraciones pesadas y capas de armonía que aportan una densidad inusitada. Canta desde la vulnerabilidad, pero también desde una autoridad emocional que dicta el clima de cada canción.

En el tema que da título al disco se escucha esa mezcla de cercanía y enigma: el tono acaricia, pero la dicción guarda siempre un pequeño código que se resiste a la interpretación literal. Sin embargo, en piezas más rítmicas, la voz adquiere un carácter casi percusivo, alineándose con el beat y dejando que la repetición hipnótica haga el trabajo sucio. El resultado genera una sensación extraña y fascinante: la voz parece humana, demasiado humana, y al mismo tiempo parece provenir de otro plano de existencia.

«Su voz es simplemente extraordinaria. Escucharla me deja sin aliento. Pero lo que es aún más increíble es la forma en que interpreta el sonido. Su mente es completamente abierta a los sonidos que llegan. Su imaginación es increíblemente rica» –Tom Rowlands

La filosofía de las cápsulas abiertas

El dúo insiste una y otra vez en la idea de libertad creativa por encima de los resultados comerciales. Han definido una posición clara ante la industria: hacer música como un acto de juego, no como una respuesta a un plan de marketing preestablecido. Rowlands explicaba que este proceso le devolvió a la frescura de sus primeros años en el estudio.

Por su parte, Aurora señalaba que canciones como In a Minute o A Boy Like You le resultan especialmente queridas porque condensan ese espíritu de exploración y riesgo sin red. La filosofía de la banda podría resumirse en abrir espacio para el experimento, abrazar la rareza sin complejos e invitar al oyente a una cercanía que no excluye, bajo ningún concepto, la extrañeza.

Bitácora de navegación: Las doce estaciones

La arquitectura de Come Closer no se entiende como una simple sucesión de sencillos, sino como un sistema de coordenadas diseñado para la inmersión total. El viaje se ordena en doce pistas que funcionan como un corredor de presión variable dentro de una nave espacial en pleno proceso de descompresión. Aquí, el orden de los factores sí altera el producto sónico. Cada título marca un pliegue distinto en la misma cápsula de escape, obligando al oyente a ajustar sus sentidos ante cada cambio brusco de atmósfera.

No estamos ante una lista de reproducción aleatoria, sino ante un bloque de granito sónico que se despliega en doce fases de aceleración y calma. La trayectoria oscila entre el impacto cinético del club y la quietud espectral del espacio profundo, donde la gravedad se vuelve un concepto negociable. Atravesar este tracklist implica aceptar que la electrónica de Tom Rowlands y la voz de AURORA se han fundido en una sola frecuencia de salida, una señal que guía al oyente a través de los siguientes sectores:

El primer destello

Please abre el disco como un suspiro con forma de canción. Dura apenas medio minuto, pero introduce una vibración clara: un ruego en voz baja que resuena en la oscuridad absoluta antes de que la maquinaria se ponga en marcha. No busca una estructura de éxito; simplemente prepara la piel para lo que viene. Desde ahí, Come Closer toma ese ruego y lo convierte en la órbita principal. Rowlands levanta una base de percusión rítmica y capas electrónicas que laten como neón líquido, mientras la voz flota entre la invocación y la orden suave. Cuando escuchamos «Acércate un poco más», la frase suena menos a gesto romántico y más a una fuerza gravitacional inevitable de la que no podemos escapar.tal.

A Boy Like You cambia la perspectiva sin romper el clima nocturno. El beat se vuelve mucho más elástico y los sintetizadores se abren como una corriente subterránea de agua helada. La letra dibuja el retrato de ese chico que descoloca los sentidos, un «No sé qué hacer con un chico como tú» que encarna el deseo, el peligro y la curiosidad a partes iguales. Es un tema que se baila hacia dentro, en la intimidad de los auriculares.

Alarmas en la pista y habitaciones interiores

Con Ring The Alarm el álbum pisa el acelerador a fondo. El groove endurece la marcha, el bajo entra en modo insistente y la percusión recupera esa violencia controlada de las raves de los noventa. El estribillo funciona como un sistema de alerta emocional que nos indica que algo se ha encendido y ya no admite marcha atrás. «Toca la alarma», escuchamos en una traducción que refuerza la urgencia del momento.

Después de ese golpe frontal, My Baby nos traslada a otra habitación mucho más recogida. La textura se vuelve aterciopelada, con ecos de trip hop que envuelven una letra obsesiva e íntima centrada en ese «Mi bebé» que aparece como refugio y como fiebre persistente. Aquí la voz se acerca tanto que parece susurrar directamente al oído, creando una atmósfera de confesionario electrónico.

Have You Seen Me Dance Alone? rompe el círculo alrededor de la pista y coloca a la narradora en el centro de un vacío escogido. La pregunta del título llega como una declaración de principios: alguien que baila solo para poder existir sin la mirada del resto. La producción construye esta imagen con pads difusos y golpes de drum programming muy contenidos, convirtiendo el baile en un acto de identidad y resistencia: «No hay nadie en el mundo más que yo».

«Existen pequeños momentos en la vida que pueden provocar grandes cambios. Los seres humanos son fascinanteS y Tomora no ha hecho más que empezar»Aurora

Derivas, luz líquida y frecuencias compartidas

Desde esa soledad necesaria, Somewhere Else propone un escape hacia lo desconocido. La canción mezcla el pop espectral con una electrónica en suspensión, sugiriendo un «Llévame a otro sitio» constante que se filtra en cada giro melódico. Es un corte que habita en la frontera invisible entre el himno de festival multitudinario y la confidencia de madrugada en una cocina vacía.

La expansión total llega con I Drink The Light, uno de los centros de gravedad del álbum. Son casi ocho minutos donde la base rítmica mantiene un latido constante mientras las capas de efectos y las mutaciones armónicas entran como ráfagas de claridad. En el momento en que ella entona «Bebo la luz», la imagen deja de ser una metáfora para convertirse en una realidad física: aquí la luz se ingiere, se mezcla con el torrente sanguíneo y se vuelve una sustancia mística.

Wavelengths toma esa espiritualidad y la traduce a un lenguaje técnico. El título sugiere a dos cuerpos intentando coincidir en la misma longitud de onda. Los sintetizadores entran y salen de la mezcla como señales de radio que buscan acoplarse, creando una tensión que reside precisamente en esa casi coincidencia que nunca llega a ser total, manteniendo al oyente en un estado de hipnosis permanente: «El único camino es hacia abajo. Pero la madre siempre me salva, antes de dejarme ahogarme. El mundo puede olvidarme, pero no me arrepentiré de no dejar rastro en los corazones que he conocido».

Cuerpos en paralelo, sombras laterales y despedida en órbita

Side By Side baja el foco y se centra en el gesto sencillo de caminar al mismo nivel que el otro. El groove se vuelve más cálido y humano, dejando espacio para que la voz sostenga una idea fundamental: estar «Lado a lado» implica compañía en la vulnerabilidad más extrema. Es una canción que suena a promesa pequeña y honesta, lejos de cualquier tipo de dramatismo grandilocuente: «En el fondo de mi mente, sé que tenemos tiempo, porque nos aferramos al lugar donde construimos un hogar».

Entonces aparece The Thing, la criatura más extraña y lateral del disco. Nacida originalmente como una cara B, el tema se apoya en una estructura minimalista con énfasis en el pulso y en un juego de capas vocales espectrales. El título mantiene el misterio y la música lo refuerza: ese «algo» nunca se nombra, solo se insinúa entre golpes de sintetizador y pequeñas distorsiones que ensucian el paisaje: «¿Qué son los sentimientos? ¿Son cosas reales? (…) ¿Qué significa el amor? ¿Por qué se inclina la hierba?».

Por último, In A Minute cierra el círculo con una mezcla de urgencia y una calma sobrecogedora. El título sugiere un tiempo breve, un gesto robado al reloj; sin embargo, la canción se despliega con una paciencia infinita, como si ese minuto se estirara hasta rozar el infinito. La sensación final no es de una despedida seca, sino de haber completado una órbita. El disco apaga las luces de la nave y, en lugar de clausurar el viaje, te invita a pulsar de nuevo el botón de inicio.

Cuando la señal se queda dentro

Come Closer no suena a un supergrupo oportunista ni a un cruce calculado por algoritmos. Suena a dos personas que han encontrado un lenguaje compartido y han decidido dejarlo flotar en el aire para ver quién es capaz de captar la frecuencia. El álbum respira como una transmisión continua: a veces nítida, a veces llena de interferencias hermosas, pero siempre consciente de que la cercanía verdadera es el riesgo más alto que podemos correr.

Cuando el último eco de la producción desaparece, la sensación es de una plenitud extraña. En estos tiempos de consumo rápido, Tomora firma un debut que apuesta por la experiencia total y por el viaje como una unidad indivisible. Es una invitación a acercarse, aunque el contacto, a veces, nos obligue a mutar en algo completamente distinto.

Escucha aquí «Come Closer» de Tomora

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Hablar de uno mismo no es tarea fácil, aunque muchas veces las circunstancias pidan hacerlo, como es el caso. Se pueden contar muchas cosas, pero quizás lo más importante es abrazar la vida con positividad. La música permite esto y mucho más. Me gusta escribir sobre bandas y estilos que aportan puntos de vista diferenciales, que exponen alternativas atípicas frente los sistemas convencionales, bien por sonido, concepto o actitud. Por tanto, mi función en Crazyminds es romper las reglas estandarizadas, y poner en primer plano las bandas que suelen permanecer en el universo underground. De ahí que sea, con orgullo, el «bicho raro» del equipo. El rock siempre ha sido símbolo de cultura y libertad. ¿Qué más puedo contaros de mí? Simplemente deciros que soy adicto a la música de múltiples géneros, no importa lo "raros" que sean, pero, sobre todo, amo mi profesión: periodismo y comunicación gráfica, herramientas que me permiten abrir muchas puertas, conocer gente diversa, intercambiar, aprender, transmitir y generar proximidades. Las nuevas tecnologías permiten múltiples puentes e interacciones. Así que nada de excusas y manos a la obra… Sin transgresión, no hay cambios ni progreso.