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Mystery Jets – A Hole To See The Sky Through

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El viaje interior hacia la esfera azul

Nueve canciones, 44 minutos y 42 segundos. El tiempo suficiente para que los jets se alcen misteriosamente hacia el astro azul, donde el arte verdadero no surge cuando el cielo está despejado, sino cuando aprendemos a buscar sus fragmentos a través de las rendijas que dejan nuestras propias fracturas.

En un panorama musical a menudo obsesionado con la complacencia digital y los himnos prefabricados, encontrarse con una obra que prefiere explorar los ecos de la pérdida, la soledad y la redención es un verdadero refugio. A Hole To See The Sky Through llega para recordarnos que incluso en los otoños más profundos de la experiencia humana, la luz siempre halla la manera de filtrarse en la esfera azul y salvarnos. Mystery Jets nos inicia en el viaje.

El taller de los sueños imposibles y los artesanos de la luz

Esta travesía sonora se gestó bajo el cobijo de Fiction Records, cuando la luz a finales de agosto de 2026 comenzó a declinar. La capitanía creativa sigue firmemente asentada en la poética e inconfundible voz de Blaine Harrison, quien además de aportar guitarras y sintetizadores se encargó de tejer parte de la ingeniería de grabación junto a Kapil Trivedi, el metrónomo humano que dicta los latidos y percusiones del conjunto. En las entrañas de los créditos encontramos también a un pilar fundamental en la lírica: Henry Harrison, el padre de Blaine, quien regresa para coescribir las letras junto a su hijo.

El entramado eléctrico y las texturas de doce cuerdas son cortesía de Oliver Taylor, mientras que las frecuencias graves y los sintetizadores adicionales corren a cargo de Edward Taylor. Para terminar de pulir esta gema introspectiva, la banda sumó al genio de los ambientes Leo Abrahams en la producción y pianos, célebre por sus texturas junto a Brian Eno. Cierra la artesanía Johnny Lloyd quien aporta sutiles y emotivas pinceladas de armónica y banjo. Las mezclas corrieron a cargo de Dave «Izumi» Lynch y la masterización fue firmada por Felix Davis.

El legado de «Yoko» y el eco de los motores

El núcleo que bombea la vida a este álbum es puramente conceptual: funciona como el reverso directo de su aclamado Curve of the Earth de 2016. Si en aquel entonces la banda miraba hacia la inmensidad del cosmos y los paisajes externos, aquí el viaje se vuelca hacia el universo infinito del interior y el modo en que procesamos el dolor y la ausencia.

El título del álbum, A Hole To See The Sky Through (Un agujero para ver el cielo a través), es un homenaje a una de las obras de arte conceptual más famosas de Yoko Ono, titulada A Hole to See the Sky Through by Yoko Ono (una pieza de arte postal y conceptual de 1971). La obra original consiste literalmente en una tarjeta o lienzo blanco con un agujero perfecto recortado en el centro, acompañado de esa frase.

La idea de Yoko Ono era invitar a la gente a mirar a través del agujero para aislar un pedazo de cielo, cambiando por completo su perspectiva del entorno. El arte del disco de Mystery Jets imita y reinterpreta este concepto. La banda obtuvo la autorización formal de los representantes de Yoko Ono para utilizar su idea tanto en el título como en el diseño minimalista de la portada física.

El propio título rinde homenaje a esta constante búsqueda de la belleza en lo inusual y conecta directamente con el origen fundacional de los músicos en la mítica Eel Pie Island de Londres, donde inicialmente adoptaron el nombre de The Mystery Jet Set antes de que un error tipográfico en la impresión de sus primeros panfletos convirtiera de forma definitiva la palabra «Jet» en el plural flotante que hoy todos conocemos.

De las madrigueras «pop» a la madurez de la tierra

Para entender la arquitectura emocional de esta entrega es indispensable repasar el camino andado por la agrupación británica. Todo comenzó con la fascinante y extraña amalgama de Making Dens en 2006, un debut repleto de pop progresivo y frescura matemática. No obstante, el verdadero estallido comercial y de identidad melódica llegaría con Twenty One en 2008, un clásico instantáneo de la era indie. Tras transitar por la luminosidad pop de Serotonin en 2010 y los experimentos americanos de Radlands en 2012, el grupo demostró su capacidad para mutar hacia terrenos solemnes y maduros con Curve of the Earth (2016), antes de alzar la voz frente a las problemáticas sociales en su combativo A Billion Heartbeats de 2020. Este nuevo peldaño reafirma que su longevidad artística está cimentada en la evolución perpetua.

El tejido de la melancolía radiante

En el apartado estrictamente sónico, el disco destaca por un formidable equilibrio dinámico. Las líneas vocales de Blaine Harrison se perciben más desnudas y honestas que nunca, flotando sobre una instrumentación orgánica que rehúye de los trucos de estudio facilistas. El sonido navega cómodamente entre el indie rock marca de la casa, pasajes de psicodélica meditativa, sutiles ritmos de vals y un envolvente pop alternativo respaldado por sintetizadores analógicos que reconfortan el oído. Las guitarras transicionan con una fluidez pasmosa entre riffs distorsionados y texturas cristalinas de ensueño.

Cartografía de las emociones y de un renacer

Adentrarse en las canciones de este disco es recorrer las coordenadas de un mapa invisible que avanza desde el aislamiento absoluto hacia la reconexión con el entorno. La travesía se divide en una primera etapa dominada por el peso del tiempo y las despedidas, seguida por un tramo de redención y limpieza. Es una invitación a transitar el dolor no como un destino final, sino como el único sendero posible hacia la curación. Las nueve pistas se despliegan así como estaciones de un viaje místico, donde cada melodía es un paso firme para salir de la penumbra y volver a mirar de frente al firmamento. Para que la experiencia sea completamente inmersiva, el desglose de este viaje sonoro se articula en dos grandes movimientos conceptuales.

El desgaste del reloj y las sombras del altar

La apertura del álbum corre por cuenta de A Hole To See The Sky Through I, una pieza que arranca sumergida en la desolación de un corazón roto para transformarse gradualmente en una declaración de asombro cuando el cielo finalmente se abre paso. Le sigue la magnífica Black Sage, un corte que sacude el letargo gracias a sus sintetizadores radiantes y riffs llenos de texturas fuzzed-out, emulando un ritual sonoro capaz de purificar cualquier rastro de energía negativa.

El ecuador del primer bloque se sumerge en la cadencia hipnótica de Doomsday Waltz, un vals crepuscular que danza de forma elegante con la incertidumbre global, abriendo la puerta a los destellos celestiales de Godrays, un viaje instrumental y poético donde las guitarras simulan rayos de sol atravesando las nubes más densas de la mente.

Carreteras solitarias y el tapiz de las heridas

El viaje continúa su marcha con la juguetona y nostálgica Flea Joint, rescatando la efervescencia melódica de las épocas doradas de la banda para aliviar tensiones. Acto seguido, Long Lonely Road envuelve al oyente en una atmósfera soul y reposada que evoca la clásica escuela de Motown, sirviendo como banda sonora idónea para los trayectos nocturnos de introspección. El cauce fluye con naturalidad hacia Soul River, una composición de corte épico y flujos líquidos que limpia los remanentes del dolor pasado a través de sus cinco minutos de desarrollo.

La joya de la corona en cuanto a ambición estructural llega con Anaglypta; a lo largo de sus más de siete minutos, el tema prescinde de las estructuras tradicionales para crecer capa sobre capa, usando la metáfora del papel tapiz rugoso para hablarnos de los parches que colocamos sobre nuestras imperfecciones humanas. Finalmente, el círculo se cierra de manera magistral con A Hole To See The Sky Through II, un epílogo instrumental y expansivo que asienta la calma tras la tormenta, asegurándonos que la rendija hacia el firmamento sigue abierta.

El despertar tras la penumbra

Al apagar las luces y dejar que las últimas notas del epílogo se desvanezcan en el silencio de la habitación, queda una certeza flotando en el aire: este trabajo de Mystery Jets no persigue el aplauso efímero, los ganchos comerciales ni el beneplácito de un algoritmo bailable. Es, en su esencia más pura, un manifiesto de supervivencia espiritual escrito desde la madurez de quienes ya han visto los cielos abrirse y cerrarse demasiadas veces. El álbum nos enseña de forma magistral a no temerle al vacío, invitándonos a valorarlo no como un abismo de desesperación, sino como un lienzo en blanco repleto de posibilidades y nuevos comienzos.

La banda británica firma aquí una de las obras más cohesivas, honestas y bellas de toda su trayectoria. Logran la difícil proeza de transformar el aislamiento en un puente de conexión humana, demostrando que la música sigue siendo el vehículo más poderoso para sanar las heridas del trayecto. Al final, el astro azul por el que viajamos no es más que el reflejo de nuestro propio mundo interior. Con este disco, los Jets nos regalan un recordatorio atemporal: mientras persistan las grietas en el alma y las sombras del altar intenten nublar el camino, siempre habrá una melodía valiente dispuesta a colarse por la rendija y transformar nuestras fracturas en ventanas abiertas hacia el firmamento

Escucha aquí «A Hole To See The Sky Through» de Mystery Jets

Carlos Flaqué Monllonch
Carlos Flaqué Monllonchhttps://crazyminds.es/author/carlos-flaque/
Periodista. Fotógrafo. Diseñador gráfico. Muchos años al pie del cañón. Ahora toca recuperar el pulso y volver a lo esencial. La música siempre ha sido el eje. No como ruido de fondo, sino como lenguaje, refugio y forma de entender el mundo. Está en todo lo que hago. Me interesa escribir sobre bandas que se salen del guion, que cuestionan lo establecido y abren grietas en lo convencional, ya sea desde el sonido, el concepto o la actitud. Propuestas que no buscan encajar, sino expandir. En Crazyminds, mi papel es claro: dar visibilidad a ese universo «underground» donde laten algunas de las ideas más honestas y estimulantes de la música actual. Hay mucho ahí fuera esperando ser descubierto. Así que vamos a ello. Porque sin transgresión no hay cambio. Y sin cambio, la música deja de tener sentido.