El calor de julio en Madrid no intimidó al público que acudió el pasado miércoles 16 de julio a Noches del Botánico para un doble cartel de lujo: Teenage Fanclub y James. A primera vista, parecía difícil decidir quién era el cabeza de cartel. ¿Los escoceses con su legado de power pop? ¿O los de Manchester con su carisma festivalero? Las camisetas del público y el horario final lo dejaron claro: James era la banda estrella de la noche.
La tarde arrancó con una buena afluencia, aunque el sol pegaba fuerte. La mayoría buscaba refugio en las sombras junto a las gradas, mientras un grupo de valientes sudaba la gota gorda en las primeras filas. A los escoceses se les veía a gusto, demostrando una vez más por qué España puede considerarse algo así como su segunda casa, especialmente en los últimos años. Por ejemplo, este año 2025 solo han tocado dos veces, en Valencia y aquí, y no es casualidad: fuera del Reino Unido, somos su destino favorito en Europa.

Teenage Fanclub está en un momento dulce. Desde su cima en los 90 con Bandwagonesque, han sabido envejecer con clase. Discos recientes como Endless Arcade y Nothing Lasts Forever demuestran que aún tienen mucho que decir. En el Botánico, Norman Blake, Raymond McGinley y compañía salieron con ganas, echando constantes vistazos al reloj para exprimir cada minuto y meter todas las canciones posibles. Es un pequeño detalle, sí, pero que transmitía un compromiso con su público que me resultó absolutamente encantador.
El setlist fue un viaje por su carrera, sin desperdicio. Arrancaron con temas recientes como Home y Tired of Being Alone, calentando motores, pero fueron los clásicos de Bandwagonesque los que, como era de esperar, se llevaron los momentos más coreados: Alcoholiday, The Concept y What You Do to Me despertaron una sensación de nostalgia y alegría a partes iguales, como normalmente ocurre en este tipo de conciertos. Pero ojo, los temas nuevos no se quedaron atrás. Everything Is Falling Apart de Endless Arcade o Falling Into The Sun del Nothing Lasts Forever sonaron potentes. Para el cierre, decidieron cerrar el círculo y volver a sus comienzos, nada menos que con Everything Flows de su debut A Catholic Education, allá por el ya lejano 1990.
La energía tranquila que transmitían Teenage Fanclub era contagiosa. No hubo postureo ni grandes discursos, solo una banda entregada intentando tocar el mayor número posible de temas y dejando claro por qué siguen siendo un referente tras casi cuenta años de carrera musical. Una delicia musical de una hora aproximada de duración, a la que aún le quedaba un segundo capítulo bajo la batuta de James.

Turno para James: cuando los clásicos mandan
Tras el concierto de Teenage Fanclub, la noche continuaba con James en el escenario. Había expectación en el ambiente, la verdad. Muchos esperaban un gran concierto. Y vaya si cumplieron. Un pajarito nos había chivado que Tim Booth y los suyos empezarían cantando Lose Control desde las gradas, entre el público, y no nos lo quisimos perder. Nos colocamos estratégicamente y, la verdad, qué gran acierto. Ver a Tim, con sus 65 años, mezclándose con la gente mientras soltaba esas primeras notas, fue puro espectáculo. En un minuto tenían al público en el bolsillo. Eso son tablas, amigos.
El sonido fue una pasada, una banda perfectamente engrasada con nada menos que nueve músicos sobre el escenario. Tim Booth está en una forma brutal, tanto física como vocal. Parece que el tiempo no pasa para él, cantando con una potencia que emociona y marcándose unos bailes marca de la casa varias veces a lo largo de la actuación. También me encantó escuchar los ritmos de batería de David Baynton-Power con su característico estilo. Maravilloso.
Hubo momentazos curiosos que le dieron un toque especial a la noche. En un punto, Tim se paró a charlar con un fan de primera fila que agitaba una pancarta pidiendo una canción. «Cada noche cambiamos el setlist, a veces sobre la marcha», le dijo, animándole a rendirse, ya sabiendo que el tema reclamado no iba a sonar esa noche. También hubo un guiño emotivo cuando felicitaron a una de las músicas de la banda por su embarazo. Se les veía felices de verdad, y evidentemente, el público se sumó a la fiesta.

En lo musical, seamos sinceros. Los discos recientes de James no son especialmente buenos. Comparados con sus clásicos, Yummy, Living in Extraordinary Times o el muy flojo All The Colors of You no tienen la misma pegada. Aun así, tocaron varios temas de la época reciente que los fans más fieles corearon con ganas. Pero, claro, la noche era de los clásicos. Una vez más y para sorpresa de nadie. Y para esos hubo que esperar a los bises, como manda la tradición.
Ahí llegó la explosión. Getting Away With It (All Messed Up) fue un himno total, con todo el mundo bailando y gritando como si no hubiera mañana. Pero luego, con Laid, algo falló. La interpretación fue extraña, algo torpe, y se notó. El propio Tim Booth admitió que no había salido lo bien que debería. Para compensar, cerraron con Sit Down, otro clasicazo que levantó el ánimo, aunque me da que ya estaba en el plan. Otros éxitos como Say Something y She’s a Star también brillaron, recordándonos por qué James sigue teniendo tirón.
Y hablando de tirón, me sorprendió la cantidad de fans que tienen en España. No me esperaba tal devoción, pero ahí estaban, entregados. Desde luego, por sus caras al acabar, habían disfrutado de esta noche en compañía de unos James que, aunque no estén al cien por cien en sus discos nuevos, en directo siguen siendo muy disfrutables.

