Tom Odell se abrió en canal el pasado día 1 de diciembre en Madrid y nosotros estuvimos para atestiguarlo. Siempre es un punto positivo que haya alternativas a lo de siempre.
Y con lo de siempre, hablo de la falta de riesgo y encorsetación que sufre la escena actual. Formatos similares, sonidos parecidos, falta de personalidad. Por ello, cuando surge un fenómeno diferente, es digno de abrazarlo.
Tom Odell (1990) prácticamente nació con un piano en sus manos. Posiblemente sea su relación más larga, dada su juventud. Pero su edad no le ha intimidado nada en pensar a lo grande, en crecer orgánicamente, en pensar que el límite es el cielo. Por ello, se ha pasado a los grandes recintos y viendo lo que vimos en este gélido lunes de diciembre, es su hábitat natural.
Siempre tenemos la falsa creencia que los recintos de gran tamaño no generan intimidad. Es cierto que puede parecer más desangelado pero anoche pude apreciar que se pueden hacer pequeñas grandes cosas para que sea igual de cálido que un hogar.
En una distribución especial con toda la pista sentada y algunas gradas frontales, el Movistar Arena se convirtió en un teatro durante casi dos horas. Con lonas y unas cortinas que dieron juego durante la actuación, añadiendo un hilo musical de lujo (Summertime, Somewhere Over the Rainbow) para recibir a los asistentes, era como esperar en un gran café de época. Tom Odell y su equipo nos supieron meter en escena desde el primer minuto, más allá de los puros convencionalismos. Un 10.
Curiosamente era un público mayoritariamente femenino y con fuerte presencia internacional, además de especialmente joven. Obviamente la edad del británico ayuda a conectar con una generación inferior pero sobretodo la sinergia con su público viene de sus letras.
Porque Tom Odell canta a la normalidad.Teniendo en cuenta que su mayor éxito le vino con apenas 23 años y una carrera a punto de despegar, tiene muchas cosas de que hablar y lo hace desde la cercanía, al igual que después las lleva a escena. Él mismo comentó en algunas entrevistas cómo le habían afectado hechos como la pandemia a su parte creativa y producción, volviéndose más crudo o cómo las figuras públicas deben ser un ejemplo a la hora de abordar asuntos como la salud mental.
Con A Wonderful Life, su séptimo álbum – una locura para la edad que tiene – lanzado hace dos meses, se muestra tal y cómo es:Algo más fuera del foco mediático pero con mayor capacidad de concentración. Las letras de este último trabajo siguen siendo crudas y duras, como en Ugly, donde se increpa por no tener el aspecto perfecto e impecable o The End of Suffering, dónde entierra por un momento a sus propios demonios.
Con este disco, sin perder ni un ápice de su estilo personal – mucha elegancia, una pluralidad de instrumentos que le da riqueza tanto en estudio como en directo, una escritura fina y certera – nos toca el corazón. Aunque vive un momento vital bueno, siempre sombrean ciertos temas que nos devuelven a la realidad.
Tom Odell: Cómo desmontarnos con un piano y un puñado de canciones
Aunque mis criterios musicales son erráticos y difusos, siempre he tenido cierta devoción por los perfiles de corte clásico. Con poca posibilidad de fallo, si hay un piano de por medio, hay gran parte del camino hecho.
Con este chico lo tuve claro. Le vi allá por 2016 con sus primeros discos pero destilaba actitud, genio, fuerza. Es muy bonito lo que se siente cuando le ves hacer que las canciones rompan, exploten, se desgarren. Lo que empieza como un susurro acaba siendo una bomba de relojería, con mis texturas, infinitos caminos. Aunque es y será conocido por su primer gran éxito tiene una trayectoria envidiable en un mundo donde las segundas líneas lo tienen cuanto menos complicado.
Por primera vez del lunes pude disfrutar de un concierto íntegro de él, fuera del contexto de un festival. No hay nada de malo en ver a un artista ahí pero en las giras siento que se desvela la auténtica personalidad.
Todo bajo una estética minimalista, Tom Odell apareció enfocado con un halo de luz y su piano, abriendo con Stranger House. La atmósfera que supo crear desde el primer momento fue pura magia. Con End of Summer y casi enlazando con The Best Day of My Life, donde se iban proyectando imágenes de Madrid, generando el fervor popular. A partir de ahí, todo fue subiendo en intensidad.
Quién pudiera pensar que iba a un concierto tranquilo no estaba en lo cierto. Se abrieron las cortinas para cambiar la escenografía y además, dar paso a la banda al completo. Si ya era emocionante lo que estábamos viviendo, ya con banda fue espectacular. La riqueza y policromía que dan los vientos y las cuerdas es inigualable.
Tom Odell es muy feliz en España y se le nota. Si bien es cierto que siempre nos tiene en cuenta en las giras, además estuvo leyendo cartas que le habían hecho llegar sus fans con peticiones de canciones, que además, cumplió. En canciones como Can’t Pretend, que comienzan con una extrema sensibilidad, se rompe todo cuando entran en juegos todos los instrumentos en armonía. Parece mentira que canciones como ésta, con más de una década, sigan en perfecta vigencia.
Con Spinning demuestra lo que puede mutar una canción del estudio al directo. Lo que podría ser un medio tiempo en un disco se convierte en una bola de sonido impresionante además de una de las mejores interpretaciones de la noche. Micro en mano, deambula entre su banda provocando prácticamente un diálogo consigo mismo.
Hubo tiempo para agradecimientos y colaboraciones, como la cálida simbiosis de voces con Delilah Montagu. Con un dulce sabor de boca nos fuimos hacia la segunda parte.
Final de órdago para un lunes especial
Aún quedaba hueco para un puñado de buenas canciones. Black Friday a abría camino a Parties, una de las interpretaciones más desenfadada de la noche, donde no escatimó acercarse al público desde el borde del escenario. Con Heal y Somehow cerró esta trilogía con Another Love, su encomiable gran éxito y la clave para aparecer en el ojo mediático.
Con confeti y un final épico, se despidió de su público madrileño, entregado en todo momento al artista británico. Solo podemos rendirnos a sus pies por tener un directo tan honesto, vital y sentido, desvelando su interior a través de las canciones. Su juventud le vale como doble arma: No le impide seguir creciendo y creando y además, le ayuda a conectar con muchas generaciones que se sienten representadas por su voz.
Vivir esta gira de A Wonderful Life ha sido casi una catarsis, una bonita revelación para un común lunes de diciembre.
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