En diciembre de 2023, servidora aquí escribió que La reconciliación (2023) nacía de una búsqueda de paz interior, y que con ella Apartamentos Acapulco dejaban descansar el shoegaze para asomarse a un pop más pulido, con aroma a los sesenta y setenta. Le puse un siete y la cerré llamándolos maestros de su oficio. Casi tres años después, la pregunta era inevitable: una vez hechas las paces, ¿hacia dónde se camina? Su respuesta ha sido mirar atrás. Si aquel disco quería encontrar armonía, este hace balance de una década entera, a medio camino entre la celebración y el repaso.
Cuando Todos quieren ser los campeones (2026, El Ejército Rojo) vio la luz el pasado 11 de septiembre, casi la mitad ya circulaba. Seis de sus trece canciones se habían ido conociendo durante meses, adelanto a adelanto, y llegué a la escucha completa con la sensación de entrar en una casa cuyas habitaciones ya había visitado. No lo digo como reproche, es la lógica de estos tiempos: los discos se anuncian por capítulos y cada single tiene que justificar su propia existencia antes de formar parte de algo mayor… Pero, en cierto modo, condiciona. Un disco que se defiende como obra de principio a fin pierde algo de su capacidad de sorprender cuando se entrega por entregas (valga la redundancia). Cuando por fin se escucha entero, el oyente más que descubrir, hace un ejercicio de reconocimiento, que aunque tiene su propio encanto, es una experiencia muy distinta.
El título del disco tiene su miga, y reconozco que me sirvió como gancho (quizás por pertenecer a una generación que todavía sabe de dónde viene ese sonsonete). Recupera el estribillo de “Tigres y leones”, aquella canción de Torrebruno, y lo vuelve del revés: lo que en boca de un niño era ilusión, en la música de 2026 suena a carrera constante y asfixiante por las cifras, los carteles y la visibilidad. No parece casual que una de las canciones se titule “Sólo quiero descansar”. Es un disco que prefiere detenerse antes que competir, y eso, en un momento en que todo pugna por la aceleración, tiene algo de gesto humilde y sincero.
También tiene algo de ironía, aunque dudo que sea totalmente buscada. Un álbum que desconfía de la competición llegó un viernes de novedades como cualquier otro, peleando por un hueco en las listas de reproducción junto a decenas de lanzamientos. Nadie escapa del todo al tablero, por eso. Lo interesante es cómo decides moverte dentro de él, y aquí la respuesta sí se dibuja más clara: sin prisa y sin estridencias, confiando en que las canciones encuentren solas a quien tengan que encontrar.
Hay otra constante que me parece más reveladora: “5NDND” abre el álbum reescribiendo “Nuevos discos” de Él Mató a un Policía Motorizado; “21 Versiones” lo dice en el propio título, y “Scarlett (versión 10 años)” vuelve sobre una de sus primeras canciones una década después. Tres de trece piezas giran en torno a la misma idea: regresar a algo para mirarlo desde otro prisma. Y quizás por eso mismo es difícil no leer el disco entero desde ahí: incluso el orden parece pensado en esa clave. Es decir, el álbum se abre con una versión de una canción ajena y se cierra con “Quien tiene pena no entiende”, el punto de partida del propio proyecto, dibujando así un círculo casi perfecto. Y es que una versión, al fin y al cabo, no es una copia: es una lectura, una forma de decir: “así entendí yo esto”. La pregunta que plantea el disco, quizá sin pretenderlo, es qué ocurre cuando lo que una banda relee es a sí misma.
Y en ese regreso hay algunos aciertos claros. “Siempre es de noche” es lo más estimulante del conjunto: el pulso hipnótico con marcaje kraut desplaza al pop de guitarras habitual y deja ver una banda con ganas de estirar sus costuras y fantasear con hasta dónde puede llegar. Su posición tampoco es menor en este sentido; aparece justo después de “Scarlett”, de modo que la canción que más gira la cabeza hacia atrás y la que más se asoma hacia delante quedan una junto a otra, casi en diálogo, como si el disco iniciara una discusión consigo mismo en su tramo final. “Fiesta transparente” enciende una urgencia que resulta inesperada, y según cómo te pille, hasta estimulante; por su parte “BB” es pop al pleno uso: de guitarras limpias y tintineantes, directo, sin trampa, de los que se quedan pegados a la primera escucha, y la voz de Angelina encuentra en él una calidez que el ruido le opaca en otros momentos. Abrir con una canción ajena también tiene su elegancia: es reconocer desde el primer minuto de quién eres hijo, sin disimulos ni coartadas.
Ninguna, sin embargo, me atrapó tanto como “Paracaidistas en la playa”, que es además la excepción a casi todo lo que puedo reprocharle al disco. Las guitarras dan un paso atrás y ceden el sitio a una caja de ritmos de aire casero y a unos teclados que flotan por encima de las dos voces, entrelazadas y en primerísimo plano, sin capas de ruido detrás de las que esconderse. Es una canción de amor y no se avergüenza de serlo. Me llevó al lado más íntimo de Yo La Tengo, cuando Georgia Hubley e Ira Kaplan bajan el volumen y cantan casi en un susurro, y también un poco a la melancolía doméstica de The Radio Dept., ese dream pop hecho con máquinas modestas y una nostalgia que, de algún modo, arroja un punto de luz. Aquí las referencias de Granada y La Plata quedan algo más lejos, o al menos no se oyen: suena una banda que se ha atrevido a salirse de su propio mapa, y que aterriza con una suavidad admirable.
Uno de los “peros” que anotaría, es que la honestidad con las propias deudas y el reconocimiento explícito de quién eres hijo – aunque sea en sentido figurado – acaba marcando el perímetro del disco. La herencia granadina, la de Los Planetas en las guitarras que entierran la melodía bajo capas de ruido, y la argentina, la de Él Mató…, no se esconden, y eso les honra. Pero entre el homenaje y la voz propia queda poco espacio para lo inesperado y para evitar comparar: casi siempre se puede predecir hacia dónde va la siguiente canción. Lo que el disco propone como síntesis, a mí me sonó un poco más a inventario. Y esto conviene matizarlo: a estas alturas nadie podría acusarlos de imitar a nadie; su sonido, juego de voces y sello son reconocibles y suyos. El problema que surge es más sutil: cuando una banda ha encontrado su lenguaje, corre el riesgo de dejar de buscar palabras nuevas, y las influencias dejan de ser un punto de partida para convertirse en un lugar donde permanecer anclada.
Pero sería injusto por mi parte (o la de cualquiera) quedarse ahí. Las canciones están escritas con oficio, se nota el cariño por el formato largo y la coherencia entre lo que dicen y cómo lo dicen es poco habitual. Si la tesis es que no hace falta correr, no tiene sentido reprocharle falta de velocidad.
Además, el disco cumple sobradamente una función que no es menor: para quien los sigue desde el principio, es un lugar cálido y conocido; y por su parte, para quien llegue ahora, funciona como una puerta de entrada estupenda, un retrato de lo que ha sido la banda durante esta década sin la frialdad de un recopilatorio.
Por pedir, echaríamos en falta un pelín de riesgo. Pero quizá ser campeón, a estas alturas, consista precisamente en seguir en la brecha (que ojo, nada que ver con quedarse por inercia), y Apartamentos Acapulco llevan una década haciéndolo con una constancia y un cuidado por el oficio que no abundan. Les sobra crédito para lanzarse algún día al vacío, y “Paracaidistas en la playa” demuestra que el paracaídas ya lo llevan puesto. Mientras ese salto llega, me quedo con lo que ya tenemos entre manos: un disco hecho con cariño, que abraza más de lo que exige y que se disfruta como se disfruta volver a casa después de un viaje largo, sabiendo dónde está cada cosa y alegrándote de que todo siga ahí.
Mientras algunos discos se celebran con trofeos, a otros basta con volver de vez en cuando, y este es de los segundos. Quizá no gane ninguna liga, ni falta que le hace. Diez años después, Apartamentos Acapulco siguen jugando por el gusto de jugar, y eso, aunque no salga en ninguna clasificación, también es ganar.

