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La pelea de MGK y Yungblud por los precios de los conciertos esconde la pregunta que nadie quiere responder

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Hay peleas de Instagram que no dicen nada y hay otras que, sin quererlo, son más profundas de lo que parece. La de Machine Gun Kelly y Yungblud es de las segundas. Este miércoles, MGK comentó bajo un vídeo en el que Yungblud defendía que «la música en vivo se ha vuelto inaccesible»: «Cancelaste una gira porque no vendías entradas, lo achacaste a la salud mental y luego te pillaron en Nobu al día siguiente, Pinocho. Y los precios de tus entradas son exactamente iguales a los de cualquier otro artista. Cállate ya, pijo predicador de mierda.» El comentario fue borrado poco después. Las capturas, no.

La respuesta oficial del equipo de Yungblud a TMZ fue un modelo de elegancia pasivo-agresiva: Dom está demasiado ocupado con su gira agotada y terminando su próximo disco como para perder el tiempo en esto, pero le desean lo mejor a MGK. Perfecto. Caso cerrado en las formas, abierto de par en par en el fondo.

Dos «apóstoles de la autenticidad» que llevan años sin poder verse

Reconozcámoslo: ver a estos dos tirarse los trastos tiene algo de trágico, porque durante años fueron exactamente lo mismo. MGK y Yungblud forjaron su amistad y su imagen sobre los mismos pilares — rebeldía juvenil, identificación con los márgenes, estética de los que no encajan — y la sellaron musicalmente desde 2019 con colaboraciones como «I Think I’m OKAY» con Travis Barker, «Body Bag» y «Acting Like That». Actuaron juntos en el Reading Festival ese mismo año. NME los sentó juntos backstage y hablaron de su amistad como si fuera a durar para siempre. Ya se sabe lo que dura para siempre.

La ruptura lleva cocinándose desde 2024. En abril de 2026, MGK lanzó «Fix Ur Face» con la letra «Mickey Mouse kids turned rockstars, leaving private schools, tryna be outlaws», que gran parte de su audiencia leyó directamente como un dedo apuntando a Yungblud — quien, efectivamente, apareció en el programa de Disney Channel The Lodge y estudió en el colegio privado Ackworth School en West Yorkshire durante una temporada. MGK se encargó de aclarar en X que «veo que cierta línea se os está pasando por alto», lo cual es la forma más eficiente de asegurarse de que nadie se la pase por alto.

El detonante inmediato es BLUDFEST, el festival propio de Yungblud orientado a entradas más baratas, en cuyo contexto publicó el vídeo sobre la inaccesibilidad de la música en directo. El problema es que «crear tu propio festival para ofrecer entradas más baratas» es también, si uno aprieta un poco, una estrategia de negocio. Y MGK y Yungblud lo saben. Aquí nadie es inocente.

Mientras ellos discuten, otros llevan años haciendo los deberes

La ironía del enfrentamiento es que el debate de fondo (los precios de los conciertos son un problema real que excluye a los fans de verdad) no necesita de ninguno de los dos para tener argumentos sólidos. Hay artistas que no se han limitado a hablar: han actuado.

El caso más rotundo es el de Robert Smith. Cuando The Cure fueron de gira por Norteamérica en 2023 con su Shows of a Lost World Tour, rechazaron explícitamente los modelos de «precios dinámicos» y «platinum» de Ticketmaster. El precio medio de entrada fue de 68,54 dólares — un 37% menos que la media de las grandes giras de ese año — y la gira fue, aun así, la más rentable de toda su carrera. Smith fue meridiano: «No permitimos los precios dinámicos porque es una estafa que desaparecería si cada artista dijera ‘no quiero eso'». Cuando Ticketmaster añadió igualmente cargos abusivos por encima de los precios pactados, Smith no se contentó con quejarse en Twitter: presionó hasta conseguir que la compañía emitiera reembolsos parciales y redujera las comisiones en las ventas siguientes, lo que según el CEO de Live Nation costó a la empresa alrededor de un millón de dólares. Eso es actuar, no declarar.

Pearl Jam tiene el historial más largo de todos. En 1994 presentaron una denuncia formal ante el Departamento de Justicia de Estados Unidos contra Ticketmaster por prácticas monopolísticas, convirtiéndose en el primer gran acto en enfrentarse legalmente a la compañía. Décadas después implementaron entradas no transferibles y sistemas de intercambio entre fans a precio de cara para impedir la reventa. La lección incómoda es que ni siquiera Pearl Jam han podido escapar completamente de la gravedad del sistema: sus entradas para la gira británica de 2024 llegaron a las 157 libras a través del club de fans, el doble que en su visita anterior. La industria tiene una inercia que aplasta incluso las mejores intenciones.

El contrapunto está en los que ni lo intentaron. Las entradas de pie para la gira de reunión de Oasis en 2025, anunciadas a 135 libras, se dispararon hasta más de 355 libras durante la venta por precios dinámicos. El equipo de los Gallagher alegó no saber cómo se gestionaría el sistema de precios — una explicación que, cuanto más se repite, menos convence. Y Bruce Springsteen, el eterno portavoz de la América trabajadora, justificó los precios de hasta 5.000 dólares de su gira de 2023 diciendo que llevaba 49 años cobrando por debajo del mercado y que quería hacer lo que hacían sus iguales. En 2026, cuando anunció su gira antitrump «Land of Hope and Dreams», los fans le respondieron en Instagram con una precisión quirúrgica: «Si este concierto es una declaración política, los precios dinámicos no tienen ningún sentido.» No había mucho que añadir.

El «pijo predicador» y el chico de barrio que no lo es tanto

Dominic Harrison, conocido como Yungblud, nació en Doncaster en 1997 y construyó su imagen sobre la rabia adolescente y la identificación con los que no encajan. Su debut 21st Century Liability (2018) y el posterior Weird! (2020) — número uno en el Reino Unido — lo instalaron como voz de una generación de jóvenes que encontraban en el pop-punk un lenguaje para sus contradicciones. Yungblud (2022) repitió el número uno británico. La paradoja es que su personaje de outsider ha sido construido con una eficiencia de marketing que haría las delicias de cualquier major, y sus últimos movimientos (el álbum Idols (2024), BLUDFEST, las colaboraciones con Aerosmith y The Smashing Pumpkins) dibujan el perfil de alguien que sabe exactamente lo que hace.

Colson Baker, es decir, MGK, tiene un recorrido paralelo aunque más errático. Empezó como rapero de Cleveland, se reinventó como figura del pop-punk con Tickets to My Downfall (2020) y Mainstream Sellout (2022), que fue número uno en Billboard, y lleva desde entonces navegando entre la provocación y el mainstream con la habilidad de quien sabe que el escándalo también es un producto. Su gira Lost Americana terminó el mes pasado. La crítica de que Yungblud se construyó una imagen de outsider desde una posición privilegiada sería más convincente si MGK no hubiera hecho exactamente lo mismo, con más tatuajes y mejor equipo de relaciones públicas.

Lo que une a los dos, más allá de su reciente enemistad, es que ninguno de los dos ha hecho lo que Robert Smith hizo en 2023: sentarse con los promotores, negarse a firmar los contratos habituales, aguantar la presión de la industria y demostrar con números que se puede llenar recintos sin expulsar a los fans con menos dinero. Predicar la accesibilidad es fácil. Practicarla cuesta aproximadamente un millón de dólares en comisiones devueltas. Y requiere algo todavía más escaso: la disposición a que te digan que corras, y no hacerlo.


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