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Crónica de Carlos Ares en Madrid (La Riviera, 2026)

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Cuando la industria musical se deja guiar casi exclusivamente por las cifras y agotar entradas en salas parece un juego de niños (la realidad es que no lo es), a veces cuesta coger el pulso de nuevas propuestas musicales y conseguir separar el grano de la paja, el hype superfluo del verdadero éxito musical. Ante tal maraña de proyectos que surgen y casi de la noche a la mañana están llenando pabellones, resulta difícil discernir si estamos ante una moda pasajera, si el maldito FOMO habla por nosotros o si verdaderamente nos encontramos ante algo trascendente y genuino de verdad. El caso de Carlos Ares es precisamente un ejemplo de esto último. Un artista que poco a poco ha ido ganando adeptos a su causa y que lo ha hecho a base de una incuestionable calidad en todo lo que hace.

Con su álbum debut Peregrino (2024), el músico gallego ya estuvo en boca de mucha gente del mundillo, cosechando excelentes críticas, algunos premios de prestigio y dando mucho que hablar gracias a sus directos. Pero ha sido a raíz de La boca del lobo, disco que publicó el año pasado, que Carlos Ares se ha convertido de manera definitiva en un artista de primera fila, agotando entradas en la mayoría de sus conciertos de salas y situando su nombre en letras grandes en multitud de festivales de este país. Entre el primer y segundo trabajo apenas ha habido distancia en el tiempo y él no ha parado de tocar; eso ha servido para continuar la estela abierta por Peregrino y lograr un reconocimiento unánime y un crecimiento fulgurante.

Tres llenazos en La Riviera

Aunque pequemos de centralismo, las fechas de Madrid siempre están marcadas en rojo en las giras de cualquier artista o banda y en este caso no iba a ser menos, pues Carlos Ares ha agotado las entradas de las tres noches en las que iba a actuar en La Riviera con meses de antelación (y con una demanda enorme de gente buscando en plataformas de reventa). Así, con los nervios de las primeras veces y con la sensación de aventurarnos en algo desconocido pero enormemente atrayente, nos dispusimos a presenciar el primero de los shows en la capital. Y sí, el que escribe es uno de esos que de primeras no conectó demasiado con la música de Ares, pero que, una vez dentro de su universo artístico, se puede declarar incondicional de lo que hace (y más después de haberle visto en directo junto a su maravillosa banda).

Ya avisó por redes que la música que sonaría antes de los tres conciertos era original, compuesta para la ocasión, y desde que accedimos a la sala nos sentimos como si de una experiencia inmersiva se tratara. El concepto que sostiene el compositor y productor es algo global, que traspasa a la propia canción; sus discos son un viaje en sí mismos, donde las transiciones adquieren una importancia vital y donde la imagen rema a favor de la propia idea del álbum. Por eso tiene todo el sentido del mundo que el escenario estuviera tapado por un telón tras el que se intuía una iluminación naranja y humo que, junto a la música ambiental, convirtió la espera en algo casi misterioso y enigmático.

Saliendo de la cabaña

Tras la caída del telón, al fondo del escenario se aprecia una cabaña similar a la de la portada de su último disco. Se abre la puerta y surgen de ella los músicos que acompañan a Carlos en sus excitantes directos: Marcos Cao (guitarra y coros), Begut (guitarra y coros), Tony Finu (bajo), Sergio Delgado (teclado), Christian Delgado (batería) y Mikaela Vázquez (violín, pandereta…). Tras ellos, el protagonista de la noche, el artífice de todo esto, que aparece sobre las tablas casi como una especie de mesías, de ermitaño con un peculiar carisma donde la timidez se mezcla con la seguridad en sí mismo y en lo que hace.

Días de perros, Aquí todavía y La boca del lobo es la terna de temas que abren el show y que hacen que, desde el primer segundo, el público vibre con lo que ocurre en el escenario. Es una manera imbatible de arrancar, poniendo todas las cartas sobre la mesa y demostrando desde el principio que todo lo que habíamos escuchado de ellos era cierto. Estamos ante una banda en estado de gracia, que se ha ido curtiendo durante meses y que ha llegado a un punto de perfección y magnetismo difíciles de igualar. Huelga decir que no es necesario ser especialmente fan de Carlos Ares para disfrutar al máximo de una formación que derrocha carisma y energía, de una escenografía e iluminación realmente sugerentes y acertadas, y de unas canciones que conectan con la gente desde el primer acorde.

Una banda monumental

Ese es el secreto mejor guardado de esta banda; son casi un rara avis en nuestro panorama y el buen rollo que transmiten es contagioso y adictivo. Durante casi todo el concierto, hay tres guitarras acústicas sonando a la vez (Carlos, Marcos y Begut) y eso, lejos de restar contundencia, aporta una energía tan natural y orgánica que resulta imposible mirar hacia otro lado. El flechazo es instantáneo, pues, junto a ellos tres, se sitúa en primera línea Mikaela con su violín y cada acorde lo acompasan, lo viven, lo gozan y se lo regalan a un público agradecido y completamente entregado a la causa.

Ellos vibran y nosotros lo hacemos con ellos. Pero es que detrás de lo que aparentemente es más llamativo, hay tres músicos excepcionales y cada uno de ellos tiene su espacio y su protagonismo. Es por eso que la banda suena tan uniforme, tan compacta, y consiguen reflejar en directo el espíritu de los discos de Carlos, que están repletos de capas y matices.

El setlist estuvo formado por sus dos discos casi al completo, así como la canción de 2021 Odisea. Por tanto, no faltaron Lenguas calvas, Terrícola o Materia prestada (con intro de la mítica Pájaros de barro de Manolo García y lanzamiento de pájaros de papel al escenario por parte del público). Hubo muchos momentos reseñables. Como la preciosa Un beso del sol, en la que Begut —quien, por cierto, publicó también el año pasado un precioso disco— demuestra su sensibilidad y especial forma de interpretar, rodeada de pompas de jabón y creando una atmósfera ensoñadora donde su voz nos mece para luego dejarnos arrastrar por el final de la canción, donde esta se enlaza a Con un solo dedo y explota con la voz de Carlos y el ritmo cinematográfico de batería y guitarras. Uno de los momentos álgidos de la noche, sin lugar a dudas.

Con espacio para el intimismo

Después de Materia prestada, los músicos se retiran por la puerta de la cabaña y, mientras suena un pequeño interludio, se disponen en el escenario siete taburetes, presagio del set acústico que está a punto de desarrollarse. Pero Carlos aparece solo con su guitarra y, tras esperar a que la sala guarde un mínimo de silencio, acomete Terrícola de una manera sobrecogedora, consiguiendo por fin que lo único que se escuche en el recinto sea su voz y su acústica, lo que origina en los presentes una emoción realmente bella. El respeto es patente en el momento más intimista de toda la noche.

Tras esta canción, se arranca con Mineral, pieza instrumental a la que se van sumando paulatinamente cada uno de los músicos, añadiendo una capa más de instrumentación, para terminar los siete sentados en sus taburetes, desarrollando un tema que enlazan con Collar, el último y fabuloso single de casi 6 minutos que publicó Carlos Ares hace unos meses y que sirvió como colofón de La boca del lobo, incluyéndose en el disco a posteriori. Al terminar el set acústico y volver cada músico a su disposición original en el escenario, llega el turno de Importante, una de las piezas más lúcidas y conseguidas de todo el repertorio del artista de A Coruña.

Más allá de modas y tendencias

Para cerrar la noche, las canciones elegidas son Rocíos, Peregrino y Páramo. De nuevo, como ya ocurriera al inicio del show, tres canciones imbatibles y muy celebradas por sus seguidores, que aprovechan para vaciarse junto a los músicos en una muestra más de la comunión y conexión que se produce entre ambas partes. Antes de interpretar la última de ellas, Carlos Ares se dirige a los allí presentes y habla por primera y única vez, para presentar a la soberbia alineación de músicos que le arropan. La importancia de todos ellos es vital para que lo que veamos no sea un concierto de un artista solista con músicos de acompañamiento, sino un concierto de banda, con todas las letras.

Salimos con la sensación de que estamos ante un fenómeno musical que va más allá de modas o tendencias, que lo que presenciamos es de verdad, sin poses impostadas ni discursos forzados. La música y los que la llevan a cabo son los protagonistas únicos de una historia que apenas acaba de comenzar y que promete emociones a lo largo de muchos años. La variedad de público y la manera de enganchar a todas las edades (incluso niños) es una muestra de que esto va a seguir creciendo. Apenas acaba de empezar el año, pero seguro que cuando termine el mismo recordaremos estos conciertos de Carlos Ares y su banda como algunos de los mejores que hayamos visto en todos estos meses.

Setlist Carlos Ares:

  1. Días de perros
  2. Aquí todavía
  3. La boca del lobo
  4. Lenguas calvas
  5. Autóctono
  6. Odisea
  7. Un beso del sol
  8. Con un solo dedo
  9. Ultimátum
  10. Cigarra
  11. Amigo
  12. Materia prestada
  13. Terrícola
  14. Mineral
  15. Collar
  16. Importante
  17. Velocidad
  18. Rocíos
  19. Peregrino
  20. Páramo
Javier Decimavilla
Javier Decimavilla
La música nos puede salvar la vida o al menos mejorarla. Bob Dylan, Neil Young, David Bowie, The Beatles o The Rolling Stones, entre otros, nos llevan enseñando el camino a la felicidad desde hace décadas.